Nadie quiere echarse al monte

Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

Si Puigdemont no lo remedia antes -y será complicado porque el Gobierno central sigue elevando el listón de la exigencia para frenar el drama del 155-, la aplicación en Cataluña de la inédita previsión constitucional desatará un terremoto político con epicentro en Barcelona pero con réplicas en todo el territorio español, y especialmente en Euskadi donde, según el relato del PP vasco, cohabitan todos los ingredientes para remedar el órdago soberanista. Solo se trata, advierten, de no mezclarlos peligrosamente en la misma coctelera para no obtener idénticos y explosivos resultados. Efectivamente, existe un partido nacionalista moderado (PNV), otro más radical (EH Bildu), una plataforma ciudadana en favor del derecho a decidir (Gure Esku Dago) y un no despreciable porcentaje de la población que reclama ese derecho. Falta la pulsión independentista más o menos mayoritaria (en Euskadi ronda el 25% encuesta tras encuesta), el detonante antisistema (CUP), el papel de vanguardia ideológica y activista de los movimientos ciudadanos (los ‘jordis’) y la coartada o argumento del agravio (el cepillado del Estatut). Pese a los incumplimientos de la legalidad estatutaria y las transferencias pendientes casi cuarenta años después, el elevado nivel de autogobierno y, sobre todo, la baza del Concierto Económico evitan que el ‘España nos roba’ haya calado.

El PP vasco, foralista y convencido de que su valor político radica en su papel de garante de la estabilidad y en su capacidad para moderar al PNV, es muy consciente de que el ‘contagio’ a Euskadi de la vía catalana no interesa a nadie, salvo a EH Bildu y quizás a Podemos para poder pescar en río revuelto, sin duda acompañados e instigados en esa hipotética vía catalana por ELA y LAB. Puede tener la formación conservadora, sin duda, la tentación de alentar un PNV radicalizado y echado al monte. A corto plazo, si los jeltzales o el lehendakari sufrieran un proceso de ‘ibarretxización’, los populares vascos podrían recuperar al votante moderado que les abandonó para votar a Urkullu. Pero a medio plazo, creen, una eventual traslación del guión catalán a la ahora plácida escena vasca abriría peligrosas cajas de Pandora y pondría en riesgo lo construido. El 155, hasta ahora en el fondo del cajón donde lo dejaron los padres de la Constitución, ha resucitado un discurso coercitivo y recentralizador dirigido no solo a Cataluña. El propio PP sabe que alentar una reforma constitucional para modificar, por ejemplo, el sistema de financiación podría poner en riesgo, aunque lejano, el régimen fiscal privativo de Euskadi y sus indudables ventajas.

De ahí que estudien seriamente facilitar la aprobación de los Presupuestos de Urkullu pese a la ruptura PNV-PP en Madrid siempre que los jeltzales no sobreactúen y hagan un gesto claro para ganarse su apoyo. Evitarían así desestabilizar a un Gobierno que, sin apoyos y agitado por la marejada, podría naufragar y, de paso, abrir un escenario de incertidumbre nada alentador. Por la misma razón, el PNV ha echado toda la carne en el asador para evitar un 155 que haría saltar por los aires su cómodo papel central en el tablero. El PSE tampoco se rasga las vestiduras por el extemporáneo respaldo de Urkullu a la Generalitat, porque todos saben que, en privado, los jeltzales echan pestes de su salto al vacío. Los socialistas quieren seguir rentabilizando su papel institucional y mantener sus espacios de poder. Conclusión: nadie, salvo los de siempre, quiere echarse al monte. El cortafuegos vasco, de momento, sigue inexpugnable.

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