Lo que queda de la crisis

El PIB refleja que la recesión de la economía ha#terminado pero el empleo sigue siendo el tema más espinoso

Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

Los notables crecimientos observados durante el primer semestre de 2017 aventuran ya sin temor a equivocarnos, que en lo concerniente al indicador de la producción, el PIB, la economía española ha puesto fin a la crisis desatada una década atrás.

Lamentablemente, la música de las buenas noticias viene empañada casi siempre por la sordina de las malas.

Vayamos al tema más espinoso: la evolución del empleo en España. La economía española convence en su empeño y capacidad para crear puestos de trabajo. En tres años, de los 3,8 millones de ocupados perdidos entre 2008 y 2013, se ha conseguido recobrar más de la mitad dejando la tasa de parados en el 17,22%, su nivel más bajo desde el inicio de la crisis.

Si la evolución del empleo debe juzgarse favorable: ¿qué perspectivas se dibujan para recuperar finalmente las tasas de paro previas a la crisis -un 7% de la población activa- o lo que es lo mismo un nivel de ocupados y afiliados superior a los 20 millones de personas? El Gobierno aventura una tasa del 17,4% a finales de 2017 y del 15,4% en 2018. Sólo en 2021 se cerrará un ejercicio con 20,7 millones de empleos. Estos registros están aún a mucha distancia de los récords de empleo de 2008. ¿Hay margen para sucesivos acercamientos?

La respuesta es relativamente ambigua. Y ello sin extendernos en detalle en cuatro negatividades serias que aquejan al tejido laboral español. La primera, su baja tasa de actividad y la pérdida de la fuerza laboral. De hecho, desde el inicio de la recuperación hace tres años, los trabajadores activos han disminuido en más de 250.000. Más crecimiento no significa obligatoriamente una población más deseosa de trabajar y la tasa de actividad en España está en el 60%, entre 10 y 15 puntos por debajo de la europea. La segunda, la alta tasa de temporalidad, que durante los últimos tres años, ha pasado del 23,9% al 26,8%. Si continuáramos a este ritmo la tasa de temporalidad podría alcanzar el 30%, porcentaje vigente antes del comienzo de la crisis. Estas tasas se distancian de la de los países centrales que se sitúan en el 15%. Se hace precisa, en consecuencia, una reforma que acabe en España con la dualidad regulatoria. La tercera, la caída del número de horas trabajadas. Así, en el segundo trimestre de 2017 se trabajaron 613 millones de horas semanales frente a los 620 millones del segundo semestre de 2016. La cuarta se refiere a la magnitud del empleo sumergido.

Pero sobre todo hay determinados elementos recurrentes que no pueden soslayarse. Cabe recordar que la tasa de paro en España en los últimos veinticinco años se ha mantenido a niveles del 15-25% salvo periodos realmente excepcionales. Además la recuperación del empleo en curso es de naturaleza cíclica, no estructural. Múltiples estudios siguen fijando el paro estructural de la economía española en niveles del 15% o superior en 2018. Es cierto que el despegue reciente del stock de capital está contribuyendo al aumento del PIB potencial y asimismo la contribución de la productividad al crecimiento potencial parece aumentar ligeramente, estimándose en 0,5 puntos básicos su incidencia en 2020.

Por otra parte, si se inicia, como se augura, un nuevo rally inmobiliario, ello daría ocupación a un amplio colectivo de trabajadores de baja cualificación que hoy se incluyen en la tasa estructural y que no pueden obtener empleo. Una buena noticia acompañada de un sentimiento agridulce: ¿acaso queremos un nuevo boom inmobiliario?

La recuperación de los niveles de paro precrisis se constituye así en el corazón de la política económica. Pero como el empleo -aparte de una fracción de origen público- tiene su origen en el sector privado, ¿cómo conseguir este objetivo? ¿Cómo lograr que los empresarios contraten masivamente nuevos trabajadores hasta dar por cerrada la crisis? En gran medida depende de la demanda del mercado, y ahí perduran, aunque atenuados, los vientos de cola. Pero no pueden olvidarse las políticas de oferta de hoy que suponen la producción posible del mañana. Será preciso que los trabajadores alcancen la productividad suficiente para que al contratarlos aumenten las ventas y los resultados de la empresa que los contrata. Se requiere, en consecuencia, una gran revolución de la productividad laboral española, que será fruto de una transformación radical de sus capacidades, conocimientos y empleabilidad. Yo no atisbo, modestamente, signos determinantes en esta línea.

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