Los puentes rotos

Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

El Sumo Pontífice, que debe su nombre a la inverosímil capacidad para edificar puentes, ha renovado sus oraciones en Venezuela, tras el rezo del ángelus en la ventana desde la que se dirige al mundo, que es únicamente una parte de él. El buen papa Francisco vio, desde ese balcón del Palacio Apostólico, cómo se llenaba todos de globos, cada uno con el suyo, porque el mundo no es ecuménico. Jamás ha abarcado a todo el orbe. No hay que quejarse: tampoco hemos votado todos la ley de la gravedad, pero estamos obligados a cumplirla. Adaptarse al medio, según dicen los psicólogos profesionales, es una prueba de talento, que no hay que confundir con la inteligencia. Vaya usted a saber, porque todos enseñan cosas distintas. El Gobierno catalán celebrará la Diada el 11 de septiembre en un clima de máxima exaltación secesionista. Solo les falta comprar las urnas para el referéndum ilegal del 1 de octubre.

Hay miedo a que el artículo 155 se ponga en funcionamiento, pero hasta entonces nada funciona, aunque la vida siga y algunos conductores continúen atropellando ciclistas y algunos maridos sigan asesinando a sus mujeres. A eso le llamamos normalidad, que siempre es un concepto que se deriva de la frecuencia, pero conviene agarrarse porque vienen curvas. A partir del 6 de septiembre, Carles Puigdemont tendrá vía libre para achicarnos la patria. Habrá que ver lo que queda después de la consulta. A pesar de mi provecta edad, mantengo cierta curiosidad compatible con mi temor. Todos los niños de mi generación nos quisimos quedar para ver cómo terminaba esto y ahora estamos en las mismas. Nuestras vidas han sido capicúas, pero siguen siendo lo único que tenemos, aunque se rompan los puentes y no tengamos fuerzas para nadar. Ni para guardar la ropa, que también era de prestado.

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