No se puede jugar sin reglas

Con motivo del 'procés' se piensa que Estado de Derecho y democracia son dos cosas o dos niveles distintos, dos polos que se contradicen en algunos casos

José María Ruiz Soroa
JOSÉ MARÍA RUIZ SOROA

El llamado 'procés' catalán está poniendo de manifiesto que existe en gran parte de la opinión pública española una cierta incomprensión del papel que juega la arquitectura institucional en un régimen democrático. Como sucedió en el caso de Juana (¿recuerdan?), en el que muchos consideraron que se podía hacer justicia al caso al margen de lo que estatuyeran las reglas vigentes tal como las aplicaban sus únicos legítimos intérpretes, que eran los tribunales. No se acaba de entender el papel del Estado de Derecho en una democracia, se lo ve como una especie de caparazón rígido y coercitivo impuesto 'desde fuera' a la voluntad de los ciudadanos y a su sentido propio de la justicia. Y, en cuanto surge la ocasión, se clama por dejar actuar libremente a la voluntad de la sociedad misma, sin restricciones ni coerciones. En el fondo, se piensa que Estado de Derecho y democracia son dos cosas o dos niveles distintos, dos polos que se contradicen en algunos casos. Y, además, se piensa también casi de manera intuitiva que el polo del Derecho es el polo del orden, de los conservadores, del estatu quo, de Rajoy; mientras que el otro sería el polo de la voluntad, de la libertad, de la utopía. Así sentido, la elección de casi todos es inmediata. Nadie piensa hoy como Goethe, que «prefería la injusticia al desorden».

Soy consciente de la dificultad de conseguir que la cultura política española cambie en este punto y sea capaz de corregir ese mal entendimiento, pero por probar una vez más no se pierde nada. Y me viene a la cabeza la teorización que expuso hace ya unos años un profesor de filosofía política que se llama Stephen Holmes al abordar el debate contemporáneo sobre la justificación de las limitaciones constitucionales a la voluntad popular.

Observaba Holmes que en muchas actividades humanas, en casi todas, las reglas que regulan la actividad misma son externas a ésta y funcionan como restricciones y limitaciones a la voluntad de los participantes: las reglas son un compendio de lo que no se puede hacer y lo que se debe respetar, y son establecidas, vigiladas y conservadas por una autoridad distinta de los que participan en la actividad. Precisamente por ser restrictivas, las reglas son en principio odiosas y sólo se admiten una vez demostrada su necesidad. Pues bien, observa Holmes, existen sin embargo algunas prácticas humanas en las que las reglas son algo distinto, no son restricciones externas, sino que son componentes necesarios de la práctica misma. Por ejemplo, el lenguaje: un sistema de interacción simbólica en el que las reglas del habla forman parte integrante del sistema mismo: sin las reglas, no hay lenguaje. Nadie las ha impuesto, no vienen de fuera, sencillamente sin ellas no es posible la actividad. No son prescindibles ni particulares, nadie las elige, son ellas mismas la actividad. Y lo mismo sucede en los juegos, un caso en que las reglas son la actividad misma, no se podría jugar si no existieran las reglas, porque sólo conforme a ellas tiene sentido la acción humana concernida.

En estos casos del lenguaje o del juego, las reglas que regulan la actividad no pueden ser vistas como restricciones o prohibiciones, sino que más bien son habilitantes o capacitantes de la actividad. Sin ellas no podría existir el juego. Gracias a las reglas podemos hablar y podemos jugar a cada juego.

Pues bien, la democracia puede en este sentido ser vista y considerada como una actividad idéntica a un juego. Los participantes están sometidos a unas reglas, pero éstas no son externas y sobreimpuestas a la actividad política misma, sino que son las que la hacen posible. Sin las reglas no podríamos siquiera empezar la partida de la democracia. Sin unas reglas que establecieran la igual dignidad de todos los participantes, su idéntica sujeción a lo que decida el conjunto, la forma de resolver las disputas y conflictos, la forma de tomar decisiones, etcétera, no se podría jugar a la democracia. Sin ellas habría un juego político, claro está, pero ese juego sería otra cosa que la democracia. Gracias a las reglas, y gracias a sus custodios, es como puede existir democracia, porque ésta no es, al final, sino un conjunto de reglas practicadas con respeto.

Las reglas no las ha inventado nadie en concreto, sino que tienen el más diverso y variopinto origen. Unas proceden de la historia, una historia llena de ensayos y errores, correcciones y retrocesos. Otras de la voluntad esclarecida de los seres humanos en ciertas etapas de su desarrollo. Pero lo importante es que no son de nadie, sino que cuando jugamos todos somos sus servidores, porque la esencia de la democracia es estar gobernados por la ley y no por la voluntad de otro hombre. Las reglas se van mejorando progresivamente, profundizando su alcance una y otra vez, llegando a mundos a que antes no alcanzaban. Pero todo ello se hace, precisamente, gracias a las reglas y no rompiendo la baraja o dando una patada a la mesa del juego. Las reglas no son disponibles para nadie, en ello está el secreto de su éxito, en que nadie puede exceptuarse y menos aún el que manda. Por muy luminosa que sea la justicia o la verdad de lo que algunos sienten hay que resistirse al deslumbramiento y ser fieles a las reglas. Si no, nos encontraremos en un mundo sin reglas, sí, y sin democracia, y sin libertad, y sin dignidad humana. Algunos no lo ven, pero es así de inevitable: y si no, prueben a jugar al fútbol sin reglas.

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