Pucheros

El lloriqueo es un útil atajo para lograr por la vía emotiva lo que no se consigue por la legal

José María Romera
JOSÉ MARÍA ROMERA

Si defiendes una causa y pretendes que te hagan caso, hazte acompañar de un coro de plañideras. O ponte a llorar tú directamente. El llanto empieza a estar bien visto. Ya no es un signo de flaqueza que conviene reprimir en público, sino el indispensable aderezo emocional de cualquier argumentación que aspire a ser admitida en una sociedad hipersensibilizada. Uno de los vídeos producidos estos días por la factoría de propaganda independentista mostraba al mundo el rostro compungido de una joven a punto de romper en llanto a causa de los crueles atropellos a los que está siendo sometido su pueblo. En otras imágenes hemos visto a un afligido Xavier Domènech con los ojos vidriosos en medio de la manifestación por la libertad de los ‘Jordis’, acto en el que Ada Colau hacía también los preceptivos pucheros. Y a la vista de cómo se precipitan los acontecimientos, es probable que cuando se publiquen estas líneas el grado de humedad afectiva haya aumentado con las aportaciones de cualquier otro llorón distinguido. La veda está levantada desde que los futbolistas, esos paradigmas de la virilidad, han instaurado la tendencia a llorar a moco tendido en lo que ya es un clásico de la escena balompédica: las despedidas de verano donde el fichado por otro club se sincera con la afición declarándole su amor eterno al tiempo que se le traba la lengua y se sorbe los mocos. El psicodrama se da incluso fuera de los estadios. El barcelonista Piqué lloró ante las cámaras por los porrazos del 1-O todo lo que no había llorado por los muertos en el atentado del 17-A. Pero no pongamos límites a la exteriorización de los sentimientos. Dicen que nos hace más personas, ¿no es cierto? Lo que pasa es que a menudo las lágrimas se entrometen en el discurso para ocupar el vacío dejado por las razones, algo de lo que ya nos previno Bertrand Russell: «No creo que exista superioridad moral en el hecho de ser desgraciado», escribió. Cuando hace unos años el ministro Moratinos tuvo que dejar la cartera de Exteriores con un hondo pesar que le llevó al llanto, el perverso Pérez-Reverte se burló de él tildándolo de «perfecto mierda». Hoy se habría tentado la ropa antes de llamárselo, porque a la política ya no hay que venir llorado como antes, sino con un buen pañuelo. El lloriqueo es un útil atajo para lograr por la vía emotiva lo que no se consigue por la legal. El exhibicionista moral de nuestros días sabe que echándose a llorar no solo se mostrará más humano, sino que activará los sensores de la empatía en un público concienzudamente educado en las pantallas para vibrar ante estímulos emocionales e instintivos pero adormecido frente a los mensajes de la inteligencia. Quien llora quiere que se llore con él, decía Nietzsche, porque así ejerce dominio y se alegra. Son los trucos del victimismo, una tendencia en auge que por lo visto ha encontrado en las lágrimas su mejor forma de expresión.

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