El protocolo de rahm

Golf

El golfista de Barrika, ganador en el Irish Open, vive la eclosión típica de las grandes estrellas del deporte

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

La eclosión de las grandes estrellas del deporte suele ajustarse a unos plazos muy concretos. Primero se habla de ellos como niños prodigio y luego como grandes promesas; hasta que llega el momento de su debut profesional. Entonces se abre un breve paréntesis. Ha llegado la hora de la verdad, de cobrar la deuda de todo lo prometido. La prudencia obliga a dar un cierto margen de confianza al joven deportista, pero tampoco demasiado. Un grande tiene que demostrarlo casi desde el principio. Digamos que es una obligación natural de los predestinados.

Pues bien, Jon Rahm ha cumplido este protocolo a las mil maravillas. Sus estadísticas impresionan. En su primer año de profesional, ya se ha colocado octavo del mundo y ha sumado dos torneos: el Farmers Insurance, del circuito americano, y el Irish Open, en el europeo. La simple enumeración de sus resultados, sin embargo, nos dibuja un retrato muy limitado del golfista de Barrika. Lo que hizo ayer Rahm en los links de Portstewart fue algo propio de un grande, una de esas exhibiciones que quedan en la memoria de los aficionados y se acaban recordando como un hito inaugural. No es que ganase. Es que arrasó con una diferencia de seis golpes sobre los segundos clasificados y una tarjeta que, con toda probabilidad, pondrá en un marco dorado y la colgará en su sala de trofeos: -24. No hace falta decir que este resultado le situará como uno de los principales favoritos del Open Británico dentro de dos semanas.

Fue bonito ver en acción a Rahm. Los expertos valoraron el poderío del vizcaíno y la extraña falta de viento en el campo irlandés, que facilitó el trabajo a todos los participantes. Los inexpertos nos fijamos en otros detalles. A mí, por ejemplo, me pareció que Rahm estaba en su hábitat en esos links irlandeses, tan parecidos a los que podría haber habido en su pueblo si allí se hubiera construido un campo de golf como el que se imaginó hace unos años en Barrikabaso. Sí, ya sé que se ha hecho golfista en campos de Arizona ganados al desierto, tierras calcinadas de cactus y serpientes de cascabel, pero a mí me pareció mucho más natural y elegante con el paraguas y el jersey, como si estuviera saliendo de su casa de San Telmo, junto a la ría de Plentzia, una tarde cualquiera de lluvia.

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