DE PROFESIóN, ECONOMISTA

Creemos que el valor no es inherente a nada ni lo determina un único factor, sino la interacción de lo que llamamos mercado

Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

Sucede en celebraciones familiares a las que concurren parientes que se ven tan solo en raras ocasiones. Al identificarte como ‘economista’ surge la pregunta o sugerencia inevitable: ¿qué pasa con la Bolsa? O ¿por qué no escribes sobre los problemas de los autónomos? Y, también, ¿qué opinas de las balanzas fiscales?

Por desgracia, los economistas, no estamos preparados en primera instancia para responder más que a un muy reducido número de cuestiones. Como tal afirmación puede sorprender a quien la escuche, debo apresurarme a subrayar lo de ‘primera instancia’ y a matizar que por ‘economista’ se entiende aquí a quien se ocupa de los grandes agregados económicos, desde un punto de vista generalizador. ¿Es entonces nuestro ‘economista’ un ser melifluo a quien tienen sin cuidado las cuitas diarias del común de los mortales?

No precisamente. Lo que se postula aquí es que abarcando lo económico a la práctica totalidad de las actividades humanas, no le es posible a nuestro interpelado opinar sobre todos los problemas, y menos aún predecir soluciones de futuro. Alguno adelantará, entonces, que si los economistas no pueden realizar previsiones carecen de utilidad, pero tal opinión sería tan ridícula como asumir que sobran los médicos por no haber previsto a tiempo el SIDA o el mal de las vacas locas, y la magnitud de sus estragos.

El economista lo es, si ha asimilado sólidamente los ‘fundamentos’ de la disciplina. Entre los más básicos de estos fundamentos -citemos una mínima muestra- están los conceptos de escasez, valor y mercado.

Empecemos con la escasez. Dedicar recursos a un proyecto, por ejemplo la prevención de la malaria, significa que otros proyectos valiosos, como la cura del cáncer, tienen necesariamente que limitarse, porque los recursos económicos son escasos. A esta selección que implica costes de alternativas desechadas se le llama coste de oportunidad y constituye el corazón de la economía. Cada beneficio debe contrastarse con sus costes correspondientes. Por ello, proponer la eficiencia en la administración de los recursos limitados constituye el compromiso básico de cualquier economista.

¿Cómo priorizar los procesos eficientes? O lo que es semejante: ¿cómo se determina el valor económico? Los filósofos medievales aventuraron la teoría del justiprecio, según la cual el valor es una propiedad inherente al objeto. Teoría insatisfactoria que deja sin explicar de donde procede ese valor inherente y las oscilaciones del precio del objeto a través de las culturas y del tiempo. Carlos Marx fijó el valor de una cosa en la cantidad de trabajo incorporada a la misma, lo cual conduciría a la absurda conclusión de que una muela extraída en una hora sería 60 veces más valiosa que la eliminada en un solo minuto.

En la actualidad los economistas creemos que el valor no es inherente a nada ni está determinado por un único factor sino por la interacción de unas fuerzas impersonales que llamamos mercado, y que es nuestro principal ‘fundamento’. En algún momento y circunstancia el equilibrio se producirá, si no hay externalidades negativas ni posiciones dominantes de mercado, algo que debe preservar el Estado. El mercado determina el precio y valor de las cosas.

Estos ejemplos y muchos más, son algunos de los principios básicos que habitan en la cámara acorazada del economista. Seguidamente, ilustrándose en los detalles particulares de un tema, si así es requerido, inicia cuantos excursos sean necesarios a la realidad para interpretarla: la Bolsa, los autónomos o las balanzas fiscales, consciente de que la suya es una ciencia modesta que aspira a acercarse al mundo real siempre con las debidas cautelas.

Existe, sin embargo, una retahíla de comensales, tertulianos y opinadores que acuden a la convocatoria de los medios tirando de parafernalia digital y de fuentes no siempre fidedignas. Pontifican sobre temas económicos, pero no son economistas y expresan en muchas de las ocasiones diagnósticos equivocados y soluciones ilusorias. La razón es que pueden estar informados, pero no están formados. Carecen de los cimientos que solo puede otorgar el conocimiento de los fundamentos económicos: como los descritos y otros muchos más. De ahí el efecto corrosivo y desorientador de sus aseveraciones.

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