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La falta de médicos de familia en Euskadi ha de ser combatida con una mejora del prestigio social de una especialidad básica en el sistema sanitario

Dos pacientes y una médico de familia, ajenos a la información./Fran Manzanera
Dos pacientes y una médico de familia, ajenos a la información. / Fran Manzanera
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Los médicos de familia constituyen el pilar sobre el que se edifica cualquier sistema sanitario sólido que aspire a ofrecer un servicio de calidad. De su trabajo y grado de implicación depende, en buena medida, la asistencia básica de una gran parte de la población. También, por supuesto, de que el número de profesionales dedicados a esta tarea y los recursos con los que cuentan sean suficientes para garantizar una atención adecuada a los pacientes. La falta de médicos de familia es uno de los peligros más acuciantes a los que se enfrenta Osakidetza. A su elevada edad media, que conllevará alrededor de 750 jubilaciones en apenas una década -el 40% del total-, se suma en este caso la preocupante escasez de vocaciones: una mínima parte de los estudiantes de Medicina se decanta por esta alternativa. Parece evidente que ello es consecuencia, entre otros factores, de la paulatina pérdida de prestigio social de esta especialidad, un lastre que ha de ser combatido con una intensa pedagogía. La aplicada hasta ahora ha sido insuficiente y de nulos resultados. Solo así será posible desterrar la imagen labrada durante años -y muy asentada, al margen de que responda más o menos a la realidad- de 'hermana pobre', condenada a sufrir la presión de una saturación endémica de los centros de salud, sometida a un cierto menosprecio y alejada de las prioridades de los gestores de la Sanidad pública. Solo así será posible presentarla como una opción profesional atractiva frente a la fascinación por la alta tecnología, los quirófanos y los grandes complejos hospitalarios que despiertan otras ramas. Aunque la Medicina de Familia ofrece mayores posibilidades de empleo, su imprescindible revalorización requiera poner en la balanza otros elementos, al margen del laboral, para fortalecer su 'gancho'. Es cierto que limita las posibilidades de una gran proyección económica y social que otras especialidades brindan a una selecta minoría. Pero también que es algo tan primordial como la puerta de entrada al sistema, con capacidad para resolver directamente gran parte de los problemas de salud, con un enorme protagonismo en la prevención y volcada en el trato con las personas. Todo ello, amén de las mayores facilidades de colocación en Euskadi, forma un buen punto de partida para atraer hacia ella a estudiantes profundamente vocacionales en una profesión que ya de por sí tiene tanto de vocacional como la Medicina. El plan de choque que prepara el Gobierno vasco, con mejoras laborales y la inclusión de una asignatura específica sobre esta materia en la carrera, debería hacer el resto para reforzar su atractivo.

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