Primer diagnóstico del Athletic

Los buenos resultados y la fortaleza competiva de la plantilla son las noticias positivas. La negativa, la calidad del juego

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Alo largo de la temporada, hay varios momentos en los que los cronistas nos sentimos en la obligación de pasar los apuntes a limpio, elevar la vista y emitir un diagnóstico sobre el estado del equipo. El primero de ellos suele ser este parón liguero de finales de agosto o principios de septiembre, todavía con arena de playa en los tobillos. Se trata, por supuesto, del diagnóstico más arriesgado y el que más veces acaba resultando erróneo. Es natural. Los equipos están todavía en fase de rodaje, ajustando y engrasando las piezas. Es más, algunas plantillas están aún sin completar, a la espera de las incorporaciones que se realizan justo antes del cierre del mercado. Extraer conclusiones, por tanto, resulta muy arriesgado. Pero qué sería de nosotros si nos quitaran ese punto de temeridad. Piénsenlo. No podríamos atar cabos hasta final de temporada, ni anticipar glorias o desastres, ni recelar o fantasear con el equipo, ni plantear hipótesis de futuro con los jugadores... Nos convertiríamos en simples notarios de la actualidad, que diría un clásico, algo terrible.

El primer diagnóstico que se puede hacer del Athletic de Ziganda resulta, pese a todo, bastante objetivo. El equipo emite por ahora señales dispares, unas esperanzadoras y otras preocupantes. Entre las primeras hay que empezar, lógicamente, por los resultados. Los rojiblancos han jugados seis partidos y han ganado cuatro y empatado dos. Dicho de otro modo: han cumplido con su obligación de pasar las dos rondas previas de la Europa League, que siempre entrañan peligro, y suman cuatro puntos en la segunda jornada de Liga. Por este lado, nada que objetar. Y luego hay otra cuestión, a mi juicio todavía más relevante pensando en la trayectoria que puede acabar dibujando el Athletic esta temporada: a la plantilla se le nota enchufada.

Ziganda cree de verdad en las rotaciones, en la necesidad de tener a 18 o 20 futbolistas jugando con bastante continuidad, de manera que el equipo mantenga la frescura física y suba la competencia interna. Esta temporada no se hablará de un Athletic A y otro B, como sucedió con Valverde, que no rotaba. Lo que hacía era dar descanso de golpe a todos sus titulares en partidos concretos. Las rotaciones son otra cosa. Y no es que sean buenas o malas. De hecho, lo mismo pueden ayudar a un equipo a crecer que dejarlo hecho una piltrafa. Todo depende de que las diferencias de calidad en la plantilla no sean enormes -algo que no ocurre en el Athletic, donde además ya es obligado dosificar a tres pilares como Aduriz, Raúl García o Beñat-, y que los jugadores las acepten de buen grado, dejando a un lado sus pequeños egoísmos particulares. De este modo, el espíritu del grupo se refuerza con la percepción de que el equipo tiene muchas alternativas, algo que es importante siempre y todavía más en un club como el Athletic donde los fichajes de relumbre van a acabar teniendo la cadencia de las apariciones del cometa Halley.

Y esto, precisamente esto, fue lo que algunos más valoramos en el partido de Ipurua. Con media docena de cambios en el once y en un escenario muy especial que examina como pocos el pulso de los equipos, el Athletic supo competir. El partido no pudo ser más abrupto. Para el espectador, tuvo el mismo encanto que ir a una obra y ver dar vueltas a la hormigonera. Los rojiblancos, sin embargo, demostraron carácter, ilusión, solidaridad, fuerza interior, toda esa serie de valores que tejen la fibra moral de un colectivo. Algunos , al menos, tuvimos esa impresión.

Respecto a las señales preocupantes, hay que mirar el juego, vulgar en líneas generales. La gente se aburre y refunfuña. Con razón. Se teme una temporada de bostezos viendo partidos grises, industriales, calcados unos a otros. Es evidente que el Athletic tiene que crecer en este aspecto y ofrecer un fútbol más atractivo. Cuco ha sido el primero en reconocerlo, algo que le honra. Y es que el primer síntoma de la pobreza de un equipo es siempre que la calidad de su fútbol le resulte indiferente y la única obligación que acepte sea la del resultado, obtenido por lo civil, lo criminal o lo laboral. En este sentido, el técnico de Larrainzar ya sabe dónde debe poner el foco: necesita mejorar la salida de balón desde la defensa -Laporte no puede seguir dedicado al balonazo en largo- y la circulación a partir de los medios centros. Hay que tocar más y mejor. No vale con la actual caligrafía.

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