Un presidente agitador

Puigdemont da la impresión de estar buscando su inmolación política

Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

Al final acabará saltando el Gobierno de Puigdemont. No solo porque el presidente de la Generalitat vaya a ser inhabilitado por saltarse la ley sino porque los ciudadanos catalanes no se merecen unos gobernantes agitadores, insumisos y desleales que se pasan la legislatura envueltos en la bandera, incapaces de gestionar los problemas de la comunidad. Tendrán que volver a poner las urnas pero no para celebrar un referéndum ilegal sino para elegir a otros representantes políticos. A ver si en esta ocasión están más acertados. Porque el proceso se ha radicalizado tanto con la Generalitat secuestrada por la CUP, que invocar al diálogo, en estos momentos, no deja de ser un ‘brindis al sol’. Tendrá que haberlo, desde luego. Pero después de unas elecciones. Con otros interlocutores. Con otros políticos que se preocupen en buscar soluciones al lastre de su endeudamiento y de sus dificultades para financiarse en los mercados. Con líderes capaces de gestionar y encontrar el lado práctico de la política. Como ha ocurrido en Euskadi después de la etapa de Ibarretxe.

Pero Puigdemont ha perdido la brújula. Desde que sustituyó, por designación ‘digital’ e impuesto por la CUP, a Artur Mas, no ha hecho otra cosa que organizar la separación de Cataluña. Desde la declaración del Parlamento catalán de 2015 que sentenciaba que,a partir de entonces, solo se regirían por las leyes catalanas, ha ido planificando su golpe a la Constitución. Con artimañas, promociones fracasadas en la Unión Europea y abusos en el Parlament en donde sus dos últimas sesiones plenarias se parecían más a una sublevación que a un debate reglado. Las leyes que respeta son únicamente las que emanan del Legislativo autonómico. Una Cámara que ha derogado la Constitución española, al haber aprobado la Ley de Transitoriedad (desconexión) sin haber tenido una mayoría de dos tercios, tal como indica su Estatuto de autonomía, que también ha quedado derogado. Tal cual. No tienen los 90 diputados necesarios para esos cambios. Pero ellos ponen las normas. Los 72 diputados de 135. Y la democracia es la que ellos consideran.

A juzgar por su comportamiento, da la impresión de estar buscando una inmolación política. Resultaba inimaginable que un presidente de la Generalitat acabara llamando a la gente a hacer escraches en la calle a los alcaldes que rechacen colaborar con el referéndum ilegal. Pero ya ha ocurrido. Y en un escenario tan polarizado, los populistas empiezan a sufrir los primeros efectos negativos de todo este despropósito. Si en el último pleno parlamentario el portavoz de Catalunya Sí que es Pot, Joan Coscubiela, se reveló como el guardián de las esencias democráticas recriminando el golpe ‘bucanero’ de los independendistas, ayer el propio Lluis Rabell recriminaba a Carles Puigdemont, a través de las redes, su comportamiento «incitando a la gente» que desprende un « tufo populista y totalitario, indigno de su cargo».

Hoy los comunes celebrarán su acto de la Diada mientras Ada Colau hace cálculos. ¿Le interesa o le perjudica ceder los locales municipales para colocar las urnas del 1 -0? Se lo consultará a los ciudadanos mientras otros alcaldes socialistas como el de Lleida, Tarragona y Mataró no piensan colaborar. A pesar de la presión de la Generalitat.

Invocar al diálogo no deja de ser un brindis al sol con una Generalitat secuestrada por la CUP

Quedan 20 días para el montaje secesionista. Pero hoy se celebrará la Diada. Una oportunidad que aprovecharán sus promotores para ir contra todos los que no les bailan el agua. Contra el Estado y contra los ciudadanos que no piensan ir a votar y que ya fueron manifiestamente insultados por el portavoz del Govern, Jordi Turull. En las redes sociales los grupos antisistema de otros países europeos se van dando cita en Barcelona. Quieren ‘ayudar’ a calentar la calle. Que es el plan de la CUP.

Hoy hace 40 años Barcelona celebró la mayor manifestación vivida hasta 1977. Fue la Diada del millón (de participantes). Yo estuve allí. Impresionaba la adhesión de tantos miles de ciudadanos a las instituciones. Fue un acto unitario. Nadie se apropió de aquel evento que se convirtió en una explosión de júbilo reivindicativo. La manifestación de hoy será multitudinaria, sin duda. Pero estará capitalizada por quienes parecen buscar una situación pre insurreccional. La Diada ha dejado de ser la fiesta de todos. Ya no sirve como ejemplo. Cataluña ha cambiado mucho. A peor. Los independentistas que no respetan las leyes que no les gustan deberían buscar mayorías para cambiarla. Es la base de la democracia. Lo demás es autoritarismo.

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