Todo es posible aún

Han considerado que es mejor ser un traidor a la causa, con la pasta a salvo, que un héroe nacional en la ruina total

IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Estaba claro desde el principio que los aspectos económicos iban a jugar un papel fundamental en el proceso catalán. Hasta ahora nos habíamos fijado en dos vertientes del problema. Por un lado, los agoreros habituales, habíamos enfatizado los problemas derivados de la incertidumbre y de las incógnitas de procedimiento que auguraba el guión diseñado para llegar a la independencia.

En efecto, además de la inevitable salida de la Unión Europea, la creación de una Agencia Tributaria Catalana suponía tener dos 'cobradores' que reclamaban sus impuestos y que provocaban el dilema de a qué administración entregárselos, sin caer en el riesgo de tener que pagar dos veces y soportar una multa segura de uno de los dos bandos. Dónde depositar las retenciones del IRPF, dónde abonar el IVA y a quién entregar el Impuesto de Sociedades se convertían en angustias sin respuesta. Máxime cuando, la 'non nata' administración catalana no ha definido ni los tipos, ni las bases, ni las deducciones, ni las exenciones de su nuevo esquema fiscal.

También teníamos el irresoluble asunto de la Seguridad Social. Con dos sistemas en vigor, ¿a quién entregar las cotizaciones? ¿A quién reclamar el pago de las pensiones? ¿Quién va a pagar las pensiones de los jubilados catalanes que se han pasado la vida cotizando al sistema español? Si ahora, el ámbito catalán de la Seguridad Social tiene ya déficits anuales milmillonarios, superiores a la media, ¿cree alguien, en serio, que podrá hacerse cargo de ellas? El sistema es de reparto, ¿pero serán capaces las cotizaciones de los mileuristas actuales de sufragar las pensiones de sus padres que superan con holgura no sólo a aquellas, sino también a sus propios sueldos?

Sobre eso cavilábamos los agoreros, suponiendo que las consecuencias del delirio iban a impactar sobre la realidad económica y, a continuación, torcer el brazo de los políticos independentistas. Pero hete aquí que los últimos datos afirman que Cataluña crece a un ritmo vivo que supera a muchas otras comunidades autónomas. ¿Estábamos equivocados? No estaría yo seguro. En primer lugar porque los efectos económicos de las locuras políticas son siempre negativos, pero no son siempre inmediatos. Es decir, la gente no puede ponerle ruedas a su empresa, pero si puede localizar las nuevas inversiones en otros lugares. Y también puede suceder, claro está, que sean pocos quienes se hayan creído de verdad que las cosas vayan a llegar tan lejos.

Esta misma semana hemos tenido una buena prueba de ello. La táctica del Gobierno central de utilizar las responsabilidades económicas personales derivadas de los actos administrativos anticonstitucionales está produciendo más efecto que todas las amenazas penales anteriores. El Govern hace aguas con estrépito según se acerca el momento de la verdad. A diferencia de lo que sucedió con Mario Conde o con Roldán y Bárcenas, que eligieron entrar en la cárcel para salvar el patrimonio, varios consellers han preferido 'hacerse a un lado' como dice el 'Molt Honorable' o cometer un 'interruptus' que diría un castizo, antes de jugarse sus ahorros. En definitiva, han considerado que es mejor ser un traidor a la causa, con la pasta a salvo, que un héroe nacional en la ruina total.

Quedan dos meses y medio para el acto final. Todavía se pueden hacer muchas más tonterías o se puede retomar la senda de la sensatez. Así, a primera vista, diría que se han dado tantos y tan graves pasos, que esto no hay quien lo pare. La única esperanza de solución consiste en que haya muchos más implicados en el delirio que respeten más a su querida declaración de la renta que a la odiada Constitución española. Si así fuera, todo es posible aún. Pero si son más numerosos los seguidores del Satanás de Milton, que prefería gobernar en el infierno que servir en el cielo, entonces estamos perdidos.

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