El polvorín catalán

Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

La Generalitat pide amparo al Tribunal Constitucional del que reniega mientras minimiza la actuación violenta de las juventudes de la CUP contra el turismo que, al ver que su vandalismo callejero le está saliendo gratis, se atreven ya con atacar yates de lujo y restaurantes en el puerto de Mallorca. Intentando amedrentar al turismo como ocurrió hace años en Egipto cuando los fanáticos quisieron cargarse una de las principales fuentes de riqueza del país. Faltan solo dos meses para que se celebre otro referéndum virtual parecido al del 9-N del 2014, si no acaba transformándose en unas elecciones autonómicas, y el presidente Puigdemont sigue tensionando su deriva secesionista con ingredientes melodramáticos y victimistas mientras su socios de ERC cargan las tintas en la manipulación de titulares. «Nos prohiben votar» llegó a decir ayer Gabriel Rufián ante los micrófonos de Radio Nacional.

Pero nada hace sospechar que a los independentistas catalanes les vaya a inspirar un halo de sentido común en el último momento y por fin acepten (aunque no lo compartan) que sin el cumplimiento de la legalidad no hay democracia posible. Tal como tuvo que entenderlo el PNV de Ibarretxe, en el año 2008, que al recibir el rechazo de la soberanía que reside en el Congreso de los Diputados, supo que no podría convocar un referéndum secesionista. Y pasó a segunda fila de la vida política aunque siga pensando que España tiene un problema con la democracia y no con el gobierno catalán.

Porque Puigdemont, acuciado por la CUP, ha dado pasos de gigante hacia el abismo. Sabe que Cataluña y Escocia no tienen nada que ver, por mucho que cite el referéndum promovido por David Cameron. Sus respectivas historias no guardan similitud. Escocia, cuando era un estado soberano, se unió voluntariamente a Inglaterra para constituir el Reino Unido en 1707. Podría haber vuelto a sus orígenes si así lo hubieran decidido los electores porque no tiene una Constitución escrita como la nuestra que especifica, mientras no se reforme, la indisolubilidad de la nación española.

Ahí radica el problema. Que los independentistas catalanes plantean un Estado propio, un contrapoder a las instituciones comunes, pasando por encima de las normas constitucionales. «¡La sacrosanta Constitucion!» dicen al referirse a la Carta Magna con manifiesto desprecio. La Generalitat vive en un estado de insubordinación constitucional constante, en una insumisión permanente a las leyes del Estado. Pero su principal desventaja se manifiesta con la falta de apoyo de una mayoría suficiente. Los empresarios se han atrevido a hablar de «golpe de Estado a la legalidad constitucional» mientras las empresas que pueden, como Naturhouse, optan por huir del secesionismo y hacer mudanza.

Así las cosas, Puigdemont prefiere rodearse de una guardia pretoriana que no cuestione sus desvaríos cuando se salta la ley y, además, hace gala de su plan autoritario. Cuando el conseller Baiget dijo que no estaba dispuesto a perder parte de su patrimonio por incumplir la legalidad, empezó el goteo de ceses y dimisiones. Pero meses antes de esta ilustre baja, al conseller Jordi Jané ya le habían sugerido la conveniencia de que se apartara del cargo, reprochándole su identificación con las «claves autonomistas». Ahora 'Junts pel sí' acaba de pedir la destitución de un director general de la Generalitat por ser contrario a la independencia. Dicen. Acusan. Señalan. Presionan. Si esto no es una 'caza de brujas' se le parece mucho.

La Barcelona de los Juegos Olímpicos del 92, y Cataluña en general, poco tiene ya que ver con el clima político actual. Aquella imagen de creatividad, dinamismo y tolerancia ha dado paso a la revancha, el resquemor y el enfrentamiento .

Analizadas las palabras y obras de los responsables de la Generalitat y sus socios, no es exagerado hacer sonar la alarma. No es de extrañar que el gobierno de Rajoy se mantenga en guardia agosteña porque los independentistas seguirán provocando más tensión. La necesitan para justificar su plan de ruptura. En Cataluña está desapareciendo el respeto a la ley y la democracia. Y sin ley, el despotismo empezará a asomar su cabeza.

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