Un pollo de cuidado

El discurso del independentismo, basado en no mirar la realidad y atender solo a su juego, adquiere un aire apocalíptico, con invitaciones a ver lo nunca visto

Un pollo de cuidado
JOSE IBARROLA
Manuel Montero
MANUEL MONTERO

Creíamos imposible que fuese a más el galimatías catalán. Habíamos minusvalorado la capacidad destructiva de Puigdemont y los independentistas. La ocurrencia de investir a un presidente que está en el extranjero, fingiendo un exilio, no tiene desperdicio ni precedentes. ¿Por vía telemática? ¿Por telepatía? Todo es posible: una república que se considera virtualmente independiente quiere contar con un presidente virtual. La posmodernidad pierde consistencia. La ‘democracia 5.0’ era el último escalón que habían inventado los especialistas. Por lo que se ve, la creatividad catalana la ha superado. Podría llamarla ‘democracia 155.0’, para evocar al estímulo de tanta imaginación.

¿Consistirá en gobernar vía tuit a ciudadanos virtuales? Así, todo sucederá en internet, sustituyendo el principio de realidad social por la apariencia. Los perfiles de los ciudadanos-fans llevarán bufanda amarilla y mostrarán su descontento por la situación de nuestro hombre en Bruselas. Este reclamará todos los días su regreso como honorable y dirá que España es una monarquía bananera, pues los tribunales no tienen en cuenta las circunstancias políticas a la hora de aplicar la justicia.

Por lo que se ve, para los independentistas la función de gobernar no es la propia de un gobierno, que está llamado a más altas tareas. Todo se subordina a un único objetivo, la república independiente de Puigdemont: lo mismo da que el empeño rompa la sociedad catalana, que carezca del aval de la mayoría de los catalanes o que no tenga un pase legal. Su política es el arte de lo imposible, contra la máxima que se atribuye a Aristóteles y a Maquiavelo.

Tras el 21-D, Puigdemont aseguró que España tiene «un pollo de cojones». Tenía razón: dos millones de votos echados al monte son de preocupar, máxime cuando los dirige una pandilla de aventureros. Ahora bien, eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y olvidarse de la viga en el propio. El pollo que tienen Cataluña y el independentismo es de cojones y muy señor mío: ni siquiera saben a ciencia cierta cuál será el siguiente paso. ¿Confiar en el reconocimiento de la comunidad internacional que, subyugada por el procedimiento telemático, reconozca la República Nonata y sancione a España? ¿Tener un Gobierno que haga como que gobierna?

Su hoja de ruta no da más de sí. No parece que las bufandas, los lacitos amarillos o los tractores vayan a tumbar al Estado. Tampoco conmoverán a las democracias europeas. Lo peor que podría pasar sería mantener el 155 o volver a aplicarlo. Llegó en su día sin provocar la tragedia anunciada. Y una vez que se conoce el camino resulta más sencillo el «más de lo mismo».

Puigdemont sigue una hoja de ruta de piñón fijo, al margen de la realidad. A lo mejor entiende que el voto indulta. Quizá no ha caído en la cuenta de que el plan independentista, minuciosamente estudiado, no crea las normas democráticas. De momento, quiere convertir su fuga en el leit motiv de la política catalana. Pretende darle un carácter épico que cuesta apreciar si no estás en el secreto. ¿Le es posible al independentismo mantener su rumbo virtual cuando hace aguas por todos los lados?

La dimisión de Artur Mas como presidente del PDeCAT no es un traspiés más. Al fin y al cabo, ha sido el principal promotor del ‘procés’, el líder que iba a llevar a Cataluña hasta la independencia. Su trayectoria resulta demoledora, casos judiciales al margen: perdió la amplia mayoría que tenía CIU en Cataluña, acabó con su partido, que desapareció, encabezó la ruptura de la sociedad, abrió el proceso que llevó a la aplicación del 155… Por alguna razón, los sucesivos desastres los anunciaba con una arrogancia petulante, del que se siente en posesión de la verdad, sin reparos en compararse (¡él mismo!) con Gandhi o Mandela. Al parecer, su independentismo militante fue sobrevenido, al entender de pronto que podía ser su gran baza política. De ahí la sensación de que ha llevado a Cataluña al desastre, mediante un adecuado agit-prop, en función de cálculos que han sido elaborados de forma ventajista y algo frívola.

Ahora, al hacer mutis en el momento crítico -otra hazaña-, advierte que con sólo el 47,5% del electorado no resulta posible la independencia, una evidencia de la que se olvidó en su momento. Desgraciadamente, no hizo pública esa opinión cuando hubiese sido más necesario.

En el País de las Maravillas, en el que todo parece residir en la elección de un señor que no está, pasa inadvertida otra circunstancia. Cuando la aplicación del 155 y las detenciones de la cúpula independentista se oyeron voces que advertían de que aquello reforzaría el voto independentista y que por tanto era lo peor que se podía hacer, con la idea de que aplicar la ley resulta contraproducente. No sucedió así. Las posiciones relativas entre los independentistas y los que no lo son se mantuvieron electoralmente. Aquellos siguen en el 47,5%: no tienen la mayoría absoluta, sin que tampoco el 51% justificase una ruptura política y social. Basta echar una ojeada a la Ley de Claridad canadiense que tanto gusta evocar.

En estas condiciones, el discurso del independentismo, basado en no mirar la realidad y atender solo a su juego adquiere un aire apocalíptico, con invitaciones a ver lo nunca visto, el más difícil todavía. Pero el triple salto mortal está perdiendo interés, quizás porque cansa si te muestras siempre en el filo de la navaja. Dicen las encuestas que Cataluña ha caído en la preocupación de los españoles. Resulta fatal si te ves protagonizando la mayor epopeya del siglo XXI y necesitas mantener la emoción.

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