Podemos Euskadi: populismo y 'democracia de proximidad'

La nueva dirección del partido en Euskadi debe suscitar mayores consensos internos y articular un proyecto que conecte con las necesidades reales de la sociedad vasca

Roberto Uriarte
ROBERTO URIARTE

La fase actual de la globalización conlleva la ruptura del pacto social interclasista de la segunda posguerra europea e impone políticas de concentración de la riqueza. En esta fase, cualquier política que pretenda ser transformadora -o simplemente democrática- debe confrontar nítidamente los intereses de esas élites político-económicas con un relato político alternativo. El 15-M supo expresarlo gráficamente con aquella frase de «somos el 99%».

Una política que pretenda romper el relato neoliberal debe transmitir esta contraposición de intereses, lo que favorece planteamientos populistas. Como el concepto de ‘populismo’ se utiliza para tantas cosas, voy a recurrir a otras categorías. Simplificando mucho, podemos decir que hay dos opciones que pueden confundirse porque parten del diagnóstico compartido de la necesidad de confrontar el relato que esconde los intereses de esa minoría. Una de ellas es lo que podríamos definir como ‘populismo demagógico’. No hace falta explicarlo. La otra sería lo que algunos denominan ‘democracia de proximidad’, que pretende romper la distancia que tradicionalmente se ha dado entre la política oficial y la calle. Para ello, las propuestas políticas deben huir de grandilocuencias y dogmatismos y estar muy vinculadas al territorio, a las necesidades reales de quienes lo habitan, a sus sufrimientos y a las formas en que se concreta la explotación; y deben remitir a la participación directa, al derecho a la ciudad, a los bienes comunes, a la sostenibilidad de la vida y a los cuidados de las personas. Pero la política no es sólo papel escrito. Defender políticas antielitistas es vender humo si no se fomentan comportamientos también alternativos.

Y aunque existe mucha confusión, no es lo mismo plantear políticas que conecten con los intereses de amplias mayorías sociales que intentar agradar a todos mediante la ambigüedad calculada y el recurso a ‘echar balones fuera’. Ese es el desafío que tiene hoy cualquier partido que intente hacer una política de democracia radical, de transformación de una condiciones objetivas que promueven la desigualdad y la concentración. Y ese es el desafío de Podemos Euskadi.

Cuando se articuló la primera dirección vasca de Podemos, muchos insistían en que los partidos emergentes no podrían introducir ninguna cuña en un tablero como el vasco, con cuatro partidos muy consolidados. Acertaron con Ciudadanos, que no consiguió hacerse un hueco por errores como atacar el Concierto Económico sin ofrecer alternativa. Pero no con Podemos, que a los diez meses de dicha constitución llegaba a primera fuerza. De hecho, en 2015, mientras Podemos avanzaba a nivel estatal de cuarta fuerza a tercera, en Euskadi, a pesar de un tablero aparentemente saturado, lo hacía de quinta a primera. Se han esgrimido todo tipo de argumentos para restar importancia a esa irrupción.

Quienes consideran al PNV imbatible en su terreno se sienten corroborados por el fracaso en el asalto a la Lehendakaritza de la mano de Pilar Zabala. Yo discrepo: creo que el PNV no es tan imbatible en su terreno como parecen tener asumido sus rivales, y creo que es imprescindible romper esa actitud acomplejada. Eso no se consigue radicalizando el discurso, lo que colocaría a aquel en una posición aún más cómoda. Requiere sobre todo entender que su hegemonía se debe en gran parte a los errores de los demás. Requiere propuestas -y por supuesto, también comportamientos y prácticas- que hagan salir al PNV de su zona de confort, que cuestionen sus prioridades y su agenda. Y requiere también impulsar aquellas medidas que generan mayorías alternativas.

La coyuntura actual en Euskadi favorece que se pueda visibilizar la coincidencia entre los intereses de las élites político-económicas vascas y españolas, cuya plasmación política son los acuerdos PP-PNV; y favorece la formulación de un discurso contrahegémonico. Si Podemos sabe enderezar el rumbo, podría tener en Euskadi una segunda oportunidad como la de 2015. La asamblea ciudadana de Euskadi de Podemos nos lleva a un escenario en que los otros partidos y los medios intentarán hacer sangre; es fácil en un partido en el que las personas se expresan con menos tapujos y falta de sinceridad que quienes llevan muchos años profesionalizados. Esto no debe ser excusa para ocultar el debate. También es conveniente que la nueva dirección suscite los mayores consensos internos; pero lo que es imprescindible es que articule un proyecto que conecte con las necesidades reales de la sociedad vasca, evitando el ‘populismo atrapalotodo’, el cortoplacismo, la ambigüedad calculada y el postureo y apostando por el compromiso sincero con este país y con sus gentes. Esa nueva dirección debe hacer política con humildad, pero sin complejos y haciéndose respetar por quienes están acostumbrados a actuar como dueños del cortijo. Hablando con claridad, sin pretender agradar a todos. Y promoviendo las políticas, las agendas, las prioridades y las prácticas propias de una ‘dem ocracia de proximidad’. Sólo así podrán Podemos y Unidos Podemos comenzar a recuperar la conexión que han perdido en el último proceso electoral con la mayoría social vasca de progreso.

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