Podemos Euskadi: el enemigo está en casa

La formación morada debe dejar de una vez de dar tumbos y asentar un liderazgo sólido si aspira a ser una fuerza de referencia

Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Podemos se desliza otra vez por la senda de la crisis. No puede calificarse de otra manera su situación después de que la secretaria general de la formación morada, Nagua Alba, anunciara ayer por sorpresa su decisión de abandonar el cargo en diciembre, apenas un año y nueve meses después de su elección tras la convulsa salida de su predecesor, Roberto Uriarte, situando otra vez al partido en la interinidad.

Alba, alineada con el exnúmero dos del partido, Iñigo Errejón, al igual que el resto de la actual cúpula podemita vasca, quiso desvincular su decisión de la enésima guerra por el poder que se libra en el seno de la formación morada, también en Euskadi. La diputada podemita, que mantendrá su escaño en el Congreso por Gipuzkoa, explicó su salida como un intento por ayudar a su formación a preparar concienzudamente las elecciones municipales y forales de 2019, clave para su consolidación en Euskadi. Y es que, de no mediar la renuncia anunciada ayer, la campaña para estos comicios se hubiera solapado con el proceso interno para la renovación de cargos en Podemos.

Sea o no exacta esta versión oficial de los hechos, lo constatable es que la marcha de Nagua Alba llega cuando 17 de los 47 círculos de la organización vasca habían solicitado a la dirección nacional la convocatoria de una asamblea ciudadana en el País Vasco para renovar los documentos políticos y la dirección en línea con lo que se acordó en Vistalegre II, cónclave en el que los pablistas se impusieron claramente errejonistas y anticapitalistas.

Podemos, es obvio, tiene a su peor enemigo en casa. Dos años después de su sorpresivo triunfo en votos y escaños en las últimas elecciones generales, la organización de los círculos -tercera en las autonómicas, tras PNV y EH Bildu, por delante del PSE- sigue arrojando alegremente apoyos a la basura más por deméritos propios que por méritos de sus adversarios.

Y es que en lugar de aprovechar el enorme cheque en blanco que le firmaron más de 300.000 vascos, en su mayoría jóvenes, damnificados por la crisis y descontentos con la actuación de los dos grandes partidos de ámbito estatal, el PP y los socialistas, para consolidar un liderazgo y llevar a cabo una política institucional audaz, muy pegada a sus promesas de campaña, los podemitas vascos han preferido deslizarse por la senda del enfrentamiento y el divisionismo interno, al mejor estilo de las izquierdas revolucionarias de medio mundo.

Los problemas han sido especialmente evidentes en Álava. En este territorio la mitad del grupo juntero terminó expulsado después de meses de dar la impresión en repetidas ocasiones de que se situaba en posiciones más próximas a las de la izquierda abertzale que a las de su partido.

En el Parlamento vasco, sea por su bisoñez o por esos mismos problemas internos, Elkarrekin Podemos no ha sido capaz de jugar el papel que cabía esperar de la tercera fuerza de la Cámara, primera de la izquierda no nacionalista. El perfil de su fallida candidata a lehendakari tampoco es que le haya ayudado.

La formación de los círculos tiene poco más de tres meses para saldar con solvencia la crisis de liderazgo que ayer abrió Alba con su renuncia. Y, sobre todo, para pulir su oferta política. Y eso incluye un proyecto claro de autogobierno para Euskadi, proyecto que puede resultar determinante para que el próximo año se alcance o no algún tipo de pacto en la Cámara de Vitoria.

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