Mar de plástico

ÁNGEL RESA

De par de mañana la Vitoria festiva suena a manguerazos de agua que restallan sobre el asfalto y a chasquidos mecánicos de barredoras. Los servicios de limpieza se afanan por sacar adelante una labor ardua. Qué contraste entre la Virgen Blanca repleta del chupinazo con su hermosa inmensidad vacía a las ocho y media del domingo. Los ramos de flores rebosan los pies de la hornacina y ocupan a ambos lados la verja de acceso a San Miguel. Seis visitantes se sacan una foto abrazando la estatua de Celedón y el sonido de las maquinarias que adecentan la plaza es el hilo musical de fondo, como en la consulta del dentista pero más duro para el oído. La idea consiste en decenas de tipos trabajando mientras casi toda la ciudad aún duerme y otra parte se bate en retirada tras sostener el pulso a la noche para que el decorado reciba después a ese reparto coral tan propio de las películas del maestro Berlanga, donde cabe el mundo diverso y entero.

Hay gente de voz ronca apostada en la esquina de San Antonio con Manuel Iradier. Ropas oscuras, cansancio llevado con mayor o menor grado de perjuicio. A un miembro de la tribu le cuelga el vaso de plástico con restos de alcohol del cuello, a modo de escapulario laico o acreditación de prensa. Maider Unda aparca su monovolumen un momento a la vera del Parlamento vasco, el tiempo justo para que la medallista olímpica -otro orgullo más para una ciudad mimetizada con el deporte- arrastre sobre unos ruedines los quesos que elabora en su caserío alavés hasta los puestos de la gastronomía local en la plaza del General Loma, cerca de la escultura horadada de Ibarrola.

Un grupo de acento andaluz canta flamenquito comercial en el entorno y los componentes de otro con el hambre propia del perro de un ciego -dicho popular de antaño, nada que ver con la realidad- se turna en la panadería que vende bocadillos. A esas horas debe de saberles como kokotxas al pil pil o codero asado en horno de leña. Tres guardias municipales abandonan apresuradamente la barra de La Ferre, montan en el furgón policial, encienden luces azules y sirenas ululantes y toman la curva hacia Dato como si tuvieran que clasificarse para la ‘pole’. Como diría un amigo radiofónico con el que recorrí en sus años buena parte de Europa, también a esas horas calmas de un domingo temprano «pasan cosas». En la terraza de un bar célebre por la calidad de su café, un blusa grita a compañeros de cuadrilla distantes medio metro de su voz cascada los resultados de los amistosos de la pretemporada y lleva con un considerable retraso en diferido el ‘caso Neymar’.

A la misma hora que un individuo duerme en un cajero, la sala Kubik del Círculo Vitoriano vomita gente a espuertas. Falta un cuarto de hora para las nueve y una multitud de jóvenes abandona el local como se sale de un partido de fútbol. Algunos, tal vez por las exigencias nocturnas, muestran en la cara los signos de la derrota. La mayoría, dicha sea la verdad, parece que ha ganado el partido. Como trescientos y pico metros más arriba, un montón de chavales latinos también de ambos sexos aun con predominio masculino, abandonan la discoteca junto a Renfe, donde se imponen los ritmos que les resultan familiares. Vuelvo los pasos hacia la Plaza de España, donde no quedan rastros de aquella tradición bautizada como dianas. El camión grande con matrícula de Huesca de la Orquesta Alaska guarda ya en sus fauces los bártulos musicales. Oigo el ruido potente del agua sobre el asfalto, me asomo a la Plaza del Machete y recuerdo la serie televisiva ambientada en Almería sobre el latifundio de invernaderos. En efecto, ‘Mar de Plástico’.

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