Piqué y otros

La democracia es un ejercicio permanente de renuncia, más que un estado de realización continua e ilimitada de aspiraciones propias

KEPA AULESTIA

La paradoja forma parte de la pluralidad. Es posible que una persona se declare favorable a la realización de una consulta o referéndum ideado para acceder a la independencia de su comunidad política, y mantenga en reserva su propia opción al respecto. Incluso es posible que considere legítima la convocatoria, a pesar de que haya sido suspendida por el TC, aunque en sentido estricto no la haya declarada ilegal. Son muchas las personas con domicilio social en Cataluña que piensan o actúan según la pauta descrita. Lo que queda más al margen es el principio de legalidad que, en todo caso, parece formar parte del ámbito siempre opinable de lo oportuno o de lo inoportuno. Al tiempo, Gerard Piqué explicó que no revelaba su postura ante la independencia de Cataluña porque se considera un futbolista 'global' que, mostrando su preferencia, perdería a la mitad de sus seguidores.

A modo de hipótesis, es presumible que Piqué no sea favorable a la independencia, que no se haya planteado la disyuntiva a cara o cruz. Como otros muchos catalanes, es posible que el central del Barça y de la selección absoluta -adjetivo con el que se evita el calificativo de 'nacional' o 'española'- se mueva en esa amplia gama de colores que fue el catalanismo, aunque ahora éste se encuentre constreñido por la estelada independentista. Un hecho que afecta directamente a la comunión surgida en torno al derecho a decidir vía referéndum. La idea de la consulta nunca es inocua, puesto que quien la convoca lo hace en pos de un resultado determinado. El independentismo se envuelve en la vindicación del referéndum para así ampliar su influencia. Pero nadie puede ser tan ingenuo como para pensar que el 1-O se había concebido como oportunidad para que los catalanes expresaran sus anhelos de futuro. La propia pregunta del plebiscito -independencia o quedarse como ahora- reducía la cuestión a una disyuntiva que impedía todo matiz ante una realidad compleja y para una sociedad plural. El paso siguiente era sencillo. Bastaba con defender el derecho a votar como valor máximo para que pudiera rechazarse su imposibilidad legal.

La democracia es un ejercicio permanente de renuncia, más que un estado de realización continua e ilimitada de aspiraciones propias. Esa renuncia está tasada; tiene sus procedimientos, que adoptan la forma de leyes. Frente a ello el independentismo ha logrado sublimar el deseo de constituir una república propia como una meta ineludible; como el destino colectivo natural de los catalanes. Una meta a la que, al parecer, no se puede renunciar ni por un instante, y de la que penden todas las instituciones de la Generalitat, Mossos incluidos. Es algo que no responde a ninguna tradición en el pasado de Cataluña; a ninguna 'llamada' anterior. Por mucho que ayer se conmemorara la proclamación del 'estat catalá' por Lluís Companys en 1934. En este estado de cosas, Piqué, como miles de catalanes, ha tratado de mantenerse con un pie en el área y otro fuera de él. Nadie debería reprochárselo, puesto que si alguna vez se encuentra una salida a tan desastrosa huida hacia la nada será clave la participación de esas personas en la búsqueda de una solución duradera.

Claro que tampoco sería conveniente confiar a Piqué y otros como él esa búsqueda. La paradoja forma parte de la pluralidad, pero no aporta soluciones estables. Lo de Cataluña es demasiado delicado, está tan al borde de convertirse en un problema gravísimo y de dimensiones europeas, que solo cabe esperar el enfriamiento de la situación; es decir, el enfriamiento de sus actuales protagonistas, cuando no su retirada de escena. Eso de la 'mediación' es un recurso de parte; de la parte a la que le gustaría implicar al mundo en la búsqueda de alguna salida para, así, alcanzar la grandeza que se le escapa en las escaramuzas diarias. Ocurre, además, que la situación es tan disparatada que será difícil encontrar a alguien que se preste en serio a mediar mientras el independentismo gobernante no dé señales de moderarse, y pretenda obligar a que sea admitido como bilateral su unilateral proceso de decisiones.

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