AQUÍ TAMBIÉN PINTAN BASTOS

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

A ver, que Vitoria en comparación con otros lugares no tan distantes sale muy bien parada. Que lo tengo comentado, que diría un personaje de ‘Amanece que no es poco’, esa película de culto que nos une a muchos en una especie de fraternidad. La capital alavesa ocupa puestos cabeceros en bastantes clasificaciones relacionadas con la calidad de vida, pero ni siquiera en esta ciudad del naipe es del palo de los oros todo lo que reluce. Que aquí también pintan bastos de vez en cuando, incluso en ámbitos como el de la ecología urbana en los que nos sentimos los reyes de la baraja. Antes de entrar en la materia que hoy nos ocupa lo dejo caer. En Miranda pueden pagar la OTA con el móvil y aquí nos pringamos la mano para sacar la papeleta de una máquina a la que no le vendría nada mal una mano de jabón.

Cinco años después de recibir la corona verde y europea, Vitoria sigue desperdiciando aceite de uso diario por los sumideros y no sabe a qué carta quedarse con tanta toallita higiénica y desmaquilladora que succiona en espiral el agua de la cisterna. Faltan los contenedores anaranjados que pueblan las calles de Llodio, Bilbao, Getxo, San Sebastián o Mondragón. ¡Habráse visto que no reciclamos! ¡Nosotros, que presumimos con los datos en la mano de centros cívicos y polideportivos donde colocar esos recipientes específicos! Cinco litros por persona y año dan para aliñar un montón de ensaladas y 2.400 toneladas de residuos que incluyen hasta condones tendrían la capacidad de sepultarnos en vida.

Una legislatura después de que el Ayuntamiento adjudicase las tareas de recogida estamos en el punto inerte del origen. Por mosqueos entre empresas, quiero entender que en legítima defensa, todavía no cuenta esta ciudad con los 155 (vaya con el número de moda) depósitos en tono de bombona de butano donde arrojar el fruto gastado del olivo. El asunto se encuentra en el limbo de los tribunales, salas donde brota el moho por el paso del tiempo.

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