La peor decisión

Las fiestas de verano también son entre nosotros maneras de tentar a la suerte

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

En verano una convulsión itinerante recorre el país. En Bizkaia podría acotarse, por ejemplo, desde el día de San Juan hasta el de San Fausto, desde Leioa hasta Basauri. Es en ese espacio donde las fiestas de barrios, pueblos y ciudades surgen, brillan y se apagan. Lo hacen sin pausa ni interrupción hasta que los días vuelven a ser cortos y las rutinas inflexibles. Todas esas fiestas son distintas e idénticas. Sobre un mismo escenario (pañuelos, charangas, banderas, txosnas…) permuta un número variable de elementos (toros de fuego, paellas, ofrendas, gansos, concursos, barracas, bajadas…) Incluso comparten todas las fiestas un mismo aroma a fermentación y detergente. Siendo joven, uno se enfrenta a él con la emoción de un personaje de Conrad que vuelve a oler el mar. El verano en el que el mismo perfume solo te provoca ganas de protestar en el Ayuntamiento puedes estar seguro de ya te has hecho viejo.

Las fiestas del verano tienen en su propia esencia mucho de disparate que acostumbra a salir bien. El modo en que se tienta en ellas a la suerte es con frecuencia manifiesto. Cualquiera recordará alguna ocasión en que sintió esa repentina intranquilidad. En medio del fragor festivo, basta con dejar que pasen las horas y con mantener unos mínimos de sobriedad para detectar algo que en otras circunstancias no pasaría tan desapercibido: hay demasiada gente en este concierto, está demasiado nerviosa aquella cuadrilla en ese bar, van demasiado borrachos los de aquella chalupa, parece demasiado estúpido propulsar las gotiberas justo hacia aquel acantilado…

El domingo, en las multitudinarias Paellas de Aixerrota, a alguien se le ocurrió reavivar una hoguera utilizando un bidón de gasolina. Es la clase de idea que solo puede salir mal, pero esta vez salió de un modo terrible. El bidón terminó ardiendo y de algún modo el fuego alcanzó a una cuadrilla situada al lado. Cinco mujeres resultaron heridas. Una de ellas tiene el 60% de su cuerpo quemado. Parece que el traje típico de arrantzale, con sus faldas largas, facilitó el avance de las llamas. La línea que separa la a del drama adquiere en ocasiones una delgadez irreal. A veces incluso las fiestas salen mal. Y es todavía más siniestra la decisión nefasta que se toma entre carcajadas.

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