penúltima oportunidad

La sorprendente convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña ha de tomarse como la oportunidad de renovar y reformular los acuerdos de la Transición

José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

La convocatoria de elecciones autonómicas fue la medida con que Mariano Rajoy cogió a todos por sorpresa en la aplicación del artículo 155 de la Constitución. De hecho, cortó de raíz los sentimientos que en todos había suscitado la declaración de independencia producida sólo unas horas antes. En unos, alegría y hasta euforia. En otros, tristeza e incluso depresión. En mi caso, sólo estupor y una vergüenza ajena rayana con el bochorno. No se me había pasado por la cabeza que un acontecimiento, en principio, tan solemne como la independencia de un país -sobre todo, si se trata de uno tan serio y reputado como es Cataluña- pudiera proclamarse de una manera tan cutre, vergonzante y carente de toda épica. La Cámara semivacía, un president que ni se dignó a tomar la palabra y unos diputados, los que la votaron, que no tuvieron ni la dignidad ni la valentía de dar la cara, sino que optaron por esconderse en el anonimato del voto secreto por miedo a afrontar las consecuencias de sus actos. ¡Lamentable falta de gallardía para premiar la ilusión que embargaba a la multitud que esperaba el pronunciamiento fuera de la Cámara!

En fin, que todos esos sentimientos e impresiones quedaron sepultados por la sorprendente medida que el presidente Rajoy, como buen contraprogramador, anunció la misma tarde-noche del viernes. Ya hoy, domingo, nadie hablará del acto que tuvo lugar en el Parlament catalán y que habría llenado páginas de periódicos y horas de emisiones radiofónicas. Todo se centrará en el anuncio de Rajoy, así como en los efectos, positivos o negativos, que éste tendrá sobre la situación que se ha abierto en Cataluña y en España. Pasan a segundo plano incluso medidas tan traumáticas como la destitución de todo el Govern, con su president a la cabeza. De un golpe, Mariano Rajoy ha logrado que se mire al futuro en vez de al pasado. De momento, al menos.

Pero la sorpresa, por grande que haya sido, se difumina tan pronto como llega. Quedan sus secuelas en todos los hechos que conforman la nueva situación que se ha creado. Y sobre ellas, las secuelas, se entablará el debate en los próximos días y semanas. De entrada, la rápida convocatoria de elecciones tiene la ventaja, que no es pequeña, de reducir al mínimo el período de intervención en el autogobierno catalán, impidiendo que quede empantanada sin dar con el momento adecuado de devolver el mando a los electores. Así, una vez removidos de sus puestos los responsables del quebranto constitucional y con la legalidad estatutaria restaurada, a los ciudadanos se les ofrece la posibilidad de retomar en un par de meses la gestión de los asuntos que les competen.

Pero la medida tiene también sus puntos ciegos. No se sabe, en primer lugar, cómo reaccionarán los partidos secesionistas. El boicot sería una opción entendible, pero muy arriesgada. Los marginaría durante una legislatura, obligándolos a mantener su actividad política en la calle. Un auténtico gesto revolucionario que, visto lo que ha ocurrido en esta tan traumáticamente acabada, no resultaría coherente ni operativo más que en el caso de las CUP. Más razonable sería que, aprovechando el tirón que supone la excitación independentista, trataran de lograr en las urnas una mayoría aún más amplia de la que ahora tienen. Lo cual no deja tampoco de encerrar sus riesgos. Y es que, una vez visto desde tan cerca el peligro de la independencia -fractura social, estampida del mundo empresarial y desprecio por parte de los grandes Estados-, no sería de extrañar que la excitación se haya moderado, al menos en quienes se dejaron llevar por la corriente sin ser de verdad independentistas. Y no serán pocos. De otro lado, la pésima gestión que el independentismo institucional ha hecho del proceso en los últimos meses puede también contarse como uno más de los factores disuasorios. Y todo ello por no mencionar, entre los riesgos, la enorme dificultad de formar, tras las elecciones, un gobierno mínimamente coherente.

En fin, ventajas y riesgos compiten en un juego de incierto desenlace. Pero, por añadir un punto de vista positivo, diré que todo proceso electoral produce, pese a sus inconvenientes, efectos catárticos terapéuticos. Obliga a afinar las propias opiniones para poder contrastarlas con las ajenas. La dinámica que hasta ahora se ha vivido no lo ha permitido. Y el daño ha sido profundo. Las urnas serían la ocasión de promover una reformulación de los acuerdos que han mantenido el país en el inestable, pero productivo, equilibrio de los últimos cuarenta años. Tómense, pues, como oportunidad.

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