Pedro Sánchez en Rocadragón

El socialista aterriza con su España plurinacional en una Euskadi a la que la HBO ha metido en el mapa de los siete Reinos de Poniente

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

La visita de Pedro Sánchez al País Vasco ha coincidido con el estreno de la séptima temporada de ‘Juego de Tronos’, cuyo primer episodio nos presenta la pequeña y tranquila ermita bermeana de San Juan de Gaztelugatxe convertida en una tenebrosa y ciclópea fortaleza de la cinematografía gótico-fantástica llamada Rocadragón. Pedro Sánchez aterriza con su España megafederal y plurinacional en una Euskadi a la que la HBO ya ha metido en el mapa de los siete Reinos de Poniente.

Sánchez llega con su «nación de naciones» a una tierra que ya ha sido tomada por la Madre de Dragones. O sea que la pija rancia de la Khaleesi se le ha adelantado y dice que nació en ese islote, así como que es suya esa capilla humilde llena de redes, aparejos de pesca, muletas, ortopedias y exvotos de los marineros que ha mutado en búnker céltico-jurásico. Se me dirá que el marco incomparable en el que andan trasteando y dándose de leches los Baratheon, los Stark, los Guardias de la Noche, los Caminantes Blancos y toda esa gente encantadora es solo virtual. Pero otro tanto se podría decir de la Nación Foral de Urkullu, la Euskal Herria independiente de Otegi y el Estado Libre Asociado de Ibarretxe, quien, por cierto, regresa estos días de la Invernalia política con renovados bríos. ¡Si eso no es realidad virtual y magia digital, que venga Tyrion Lannister y lo vea!

Sí. Uno percibe la elección de San Juan de Gaztelugatxe para escenario de esa sanguinaria y truculenta serie como una tautología facilona, como la redundancia en una afición mitificadora y mistificadora que ha caracterizado de forma genuina a la Euskadi nacionalista. La reconversión cinematográfica de ese peñón en Rocadragón abunda en un reconocible vicio al que un alto índice de paisanos míos se viene entregando desde hace años en la política, en el cine, en la historiografía y la estética ideológica; en los flequillos a hacha y las coletitas de paje; en las enaguas, zuecos y corpiños medievaloides que luce cierta peña en las manifas; en la revisitación contemporánea de la leyenda de Aitor, las cuevas de Santimamiñe o la ‘conquista’ navarra de Albania.

Dicho de otro modo, Rocadragón llueve sobre mojado, como llueve la visita de Sánchez a Urkullu buscando un inexistente tercer espacio o un imposible hueco entre un PNV y un PP que se están acostando juntos en la cama del Cupo. Si uno fuera un burukide del PNV -que no es el caso- me parecería ofensiva la visita de Sánchez. Sánchez cree que los nacionalistas se van a quedar contentos porque él les dé la razón en lo de la nación, como a los locos, cuando se hallan ocupados en hacer caja. Sánchez cree que ha estado en Ajuria Enea hablando con Urkullu, pero donde ha estado es en Rocadragón entrevistándose con Daenerys Targaryen, que es la lehendakari virtual que ha contratado el PNV para que corte el bacalao de los sueños.

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