Patrioterismo

Himnos, desfiles militares, paradas con banderas y otros aparatajes patrióticos me ponen los pelos de de punta

Marta Sánchez le puso letra al himno de España./
Marta Sánchez le puso letra al himno de España.
JUAN BAS

El asuntillo de la emocionada letra para el himno nacional perpetrada por Marta Sánchez me ha traído a la memoria invasiva la de uno que también detesto y que no puedo olvidar aunque quiera. Durante el absurdo y surrealista periodo inicial de recluta en la ‘mili’, entre otras chorradas, nos hacían cantar el himno de infantería varias veces al día. Comenzaba: «Ardor guerrero vibra en nuestras voces, y de amor patrio henchido el corazón…». Lo tengo grabado a fuego. Temo que me suene en la cabeza, a modo de subjetiva banda sonora de despedida, en el lecho de muerte (prefiero la de Peret que también me tiene invadido). En una reciente entrevista, mi querido amigo Pedro Olea decía que le sucede lo mismo con el himno del colegio (ambos sufrimos a los Maristas), dedicado al beato Marcelino Champagnat, fundador de la orden. Los curas nos hacían cantarlo con machacón paroxismo sobre todo durante el mes de mayo, el mes de María. Con esa letra he tenido más suerte y se me ha olvidado, pero he cometido la imprudencia de decírselo a Pedro, quien me ha amenazado con refrescarme la memoria en cuanto nos veamos.

Himnos, desfiles militares con chundarata, paradas con banderas y demás trasnochadas inflamaciones de aparataje patriótico me ponen los pelos de punta. Aún más tremendos todavía cuando enrolan a Dios en las invocaciones de soflama nacionalista o se acompañan de parafernalia eclesiástica. El afán patriótico se convierte así en su degeneración peyorativa, el patrioterismo, el alarde excesivo e inoportuno de patriotismo.

La letra de Marta Sánchez, jaleada con henchida bambolla patriotera por el nacionalismo español de derechas (valga el pleonasmo), tiene de todo, y no precisamente de lo mejor. Por supuesto, también cuenta con la invocación a Dios: «Grande España, a Dios le doy las gracias por nacer aquí…». Y declara ella misma que la letra está cargada de emoción y sentimiento. Y en estas lides, si lo patriótico muta con facilidad, como el virus de la gripe, en patrioterismo, lo sentimental se enfanga con prontitud en el sentimentalismo. Y patrioterismo y sentimentalismo amalgaman muy bien y devienen sin remedio en espantosa cursilería.

Solo recuerdo un caso en que un himno nacional me ha emocionado: en una memorable escena de una película. Cuando en ‘Casablanca’ los clientes cantan a coro ‘La Marsellesa’ en el café de Rick para sofocar lo que están cantando los nazis. Pero es que Michael Curtiz dirigía muy bien. Y además, la letra de ‘La Marsellesa’ no es cursi y se centra en la llamada a una degollina como Dios manda en contra de la tiranía. Por cierto, el beato Marcelino Champagnat nació en Francia en 1789. El ímpetu revolucionario lo pilló muy tierno y los sometidos a la férula marista no pudimos librarnos de que su pía vida inspirara el himno de marras.

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