Patas arriba

OLATZ BARRIUSO

Si hubiese que hacer un análisis de urgencia de la crisis catalana y sus consecuencias en Euskadi podría decirse que está todo patas arriba. Aquí nadie sabe por dónde le da el aire, los discursos fluctúan más que la Bolsa y da la sensación de que un irracional miedo escénico se ha apoderado de los dirigentes políticos, más hiperbólicos de lo que ya acostumbran. La situación es grave, sí, o incluso gravísima, pero es difícil de entender que lo que ayer era blanco hoy pueda ser negro solo por la mutación del problema catalán en un irresponsable pulso en el que la Generalitat, digámoslo claro, nunca ha tenido la legalidad de su parte. Pero no parece que esa sea la principal preocupación de las instituciones catalanas, envalentonadas por la sensación de ir ganando la batalla del relato. Esa que hace brotar independentistas de último minuto como reacción puramente emocional al desembarco (literal) de policías nacionales y guardias civiles en Cataluña. El mismo efecto que provocarán las largas colas de frustrados votantes frente a los colegios cerrados por orden judicial. O la buscada escandalera que ha logrado que parte de la opinión publicada en el extranjero pase de la glacial indiferencia a un incipiente asombro plasmado en artículos que empiezan a pedir una solución dialogada al entuerto.

Una lluvia fina que ha calado, y de qué modo, en la Euskadi política y especialmente en el partido en torno al que gravita, el PNV. La ciaboga está siendo de las que hacen época. Si hasta hace apenas cuatro o cinco meses los jeltzales lucían encantados su papel estelar de ‘conseguidor’ en Madrid, ahora no es que se avergüencen -Ortuzar ya dejó claro frente a la militancia en el Alderdi Eguna que el acuerdo sobre el Cupo es motivo de orgullo para el partido- pero sí huyen despavoridos de cualquier actitud que pueda retratarles como frívolos mercaderes. Así que dejan claro que los Presupuestos de Rajoy «ni nos preocupan ni nos ocupan», entre otras cosas, añadamos, porque para el presidente son igualmente el último de sus problemas. De hecho, el Gobierno central está en compás de espera antes de decidir si aprueba el proyecto de Cuentas pasado mañana o busca algún recoveco que le permita retrasar el trámite. El PNV sabe que no hay contrapartida alguna que pueda compensar el riesgo político de unir su suerte a la del PP. Sabin Etxea ha pasado de pantalla y ahora condiciona su respaldo a que Rajoy arbitre una solución política para Cataluña y de paso para Euskadi. Como si hace cinco meses la cuestión nacional no fuese un asunto candente.

Pero corren tiempos convulsos. La disolución de las Cortes es una posibilidad más que cierta y toca recolocarse. El PNV no ve agua en la piscina de la declaración de Zaragoza porque no acaba de figurarse un acuerdo entre PSOE y Podemos, que, aunque se produjera, debería enfrentarse internamente al ‘susanismo’ y a una desbandada de diputados díscolos. Pero lo que sí huele es el aroma a fin de ciclo, a elecciones, a cataclismos. Y de ahí que recupere un discurso pasional alejado de su inveterado pragmatismo. Ya habrá tiempo de cambiar el paso.

Fotos

Vídeos