Pastoral vasca

ENRIQUE PORTOCARRERO

Patria’ ha sido el gran suceso literario, editorial y de reflexión política y social de este año en nuestro país. Un gran suceso, digo, porque en el País Vasco hasta los voluntariamente desmemoriados o los que todavía tergiversan la realidad de lo acontecido en los años de la violencia se han visto obligados -por curiosidad, por moda o simplemente por culpa- a leerla e incluso a señalar con artificiosa moderación lo que consideran un relato incompleto. Es decir, esa novela o ese retrato literario de un lugar, un momento, unos personajes, una sociología y unos hechos crueles y vergonzantes ha logrado convertirse en una verdadera pastoral vasca, incluso a pesar de quienes pretenden esconder la historia y la verdad en el olvido o en la visión parcial e interesada de lo sucedido. Y lo ha conseguido, en primer lugar, con la fuerza de la mejor literatura, es decir, con la calidad de la escritura, con la altura de su estructura narrativa, con la fuerza de sus diálogos y hasta con el reflejo fidedigno de un ambiente, unos hechos y unos personajes tan próximos como reconocibles. Un relato literario sereno y libre, alejado de los tópicos y hasta sin una clara intención de mostrar la perversión que a veces esconde la estúpida inocencia ofuscada por el odio y la ignorancia, capaz también de emocionar y de conmover o de generar al menos una reflexión y en muchos casos una indudable autocrítica. Que ‘Patria’ y Fernando Aramburu reciban ahora el Premio Euskadi de Literatura es tanto el reconocimiento a una gran novela, como también el obligado tributo a una reflexión certera sobre ese pasado cruel e irracional que a todos nos ha afectado.

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