Papeles

Siempre he tenido la desagradable sensación de que en este país se ha denigrado a los profesores desde antiguo

Fernando Luis Chivite
FERNANDO LUIS CHIVITE

El motivo que me ha inspirado esta columna es una escena real que vi el jueves pasado a eso de las doce de la mañana. Unos abuelos iban paseando con sus nietos por el parque. Tres nietos: la niña de unos diez años, el niño de ocho y el pequeño de cuatro o cinco. Los dos mayores se habían peleado por alguna bobada. El niño estaba empeñado en darle muchas patadas a la niña mientras ella le insultaba y chillaba. Los abuelos trataban de separarlos y a duras penas conseguían mantenerlos un poco alejados. La verdad es que se les veía bastante hartos. Entonces pensé: «Qué ganas tienen que tener estos abuelos de que llegue septiembre y empiece el cole de una vez». Ah, el cole, claro. Un poco de paciencia, ya no falta casi nada. Conozco a un montón de profesores (más de cien, seguro) de todas las especialidades y niveles: desde la escuela infantil y la primaria hasta catedráticos de universidad, pasando por la secundaria, el bachillerato y la formación profesional. Y es que hay muchos. En España hay más de doscientos mil profesores (aunque probablemente debería haber alguno más) y sospecho que, en mayor o menor medida, todos ellos han vivido esta última semana de agosto como una fatídica cuenta atrás. Y me atrevería a decir sin temor a equivocarme demasiado que, un porcentaje relativamente elevado de ellos, con cierta angustia. Muchos pretenderán no entender esto pero yo sé que en el fondo lo entienden. En fin, como decía la canción: septiembre ya está aquí. Y de hecho, yo solo quería (por si sirve de algo, que lo dudo) hacer público mi reconocimiento a todos los profesores (incluidos los mediocres y arrogantes) que un día de estos van a abrir sus aulas para recibir de nuevo a sus encantadores alumnos (y a los menos encantadores, también).

Siempre he tenido la desagradable sensación de que en este país (a diferencia de lo que ocurre en otros muchos) se ha denigrado a los profesores desde antiguo a causa de una inveterada y cerril desconfianza hacia el conocimiento que, si observamos con atención, veremos que perdura todavía. En la actualidad, los enseñantes, además de enseñar, tienen que ejercer de tutores, psicólogos familiares (cuando no psiquiatras), animadores culturales, críticos de televisión, defensores y portadores de unos valores que todo el mundo defiende, pero casi nadie lleva a la práctica, dinamizadores de la creatividad, la solidaridad y el pacifismo, educadores medioambientales, transmisores de hábitos alimentarios saludables, monitores de ocio y vigilantes jurados sin armas. Y todo ello además con el carisma de un actor de cine, la capacidad de mando de un capitán de fragata y la paciencia infinita de un santón. Cada vez pedimos a los profesores que realicen más papeles. Eso sí, sin perder los papeles. Ah, y rellenando papeles y más papeles.

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