PAÑUELOS DE PAPEL

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Leída la información que sustenta esta columna me quedo con un elemento de ‘atrezzo’ que trasciende su valor decorativo sobre una mesa y utilitario en la zona facial que va de las pestañas a la nariz cuando de los ojos mana agua salada. Me refiero al socorrido paquete de pañuelos de papel para aliviar siquiera con un gesto esos ratos en los que la gente se abre en canal, expone angustias y esparce sentimientos sin biombos. El artículo que firma la compañera habla de un ensalzable servicio social, pero sobre todo alude al dolor humano y a sus necesarias reparaciones.

Dos mil personas que acuden al año en Vitoria a la mediación institucional suenan a cadena larga de eslabones encadenados. ¿Muchas? Teniendo en cuenta la dificultad de conciliar almas individuales quizá no demasiadas. Tomando en consideración que muchas ocultan sus heridas por el freno hidráulico de la vergüenza social, un puñado muy apreciable. Y que casi cuatro de cada cinco ásperos casos se resuelvan mediante la labor ardua del arbitraje elogia la capacidad del equipo. Un 80% de éxitos, convalídeseme la palabra aun tratándose de historias perdedoras, es un índice para celebrar si recordamos el peso específico de la terquedad en el corazón humano.

Hay quienes se enteran allá, de sopetón y sin anestesia, de que su pareja ansía el divorcio cuando quizá deberían intuirlo hace tiempo. Relatos que alcanzan el rango de drama cuando aparecen los hijos en el escenario. A vueltas con la custodia de los menores, reparto de ellos fines de semana y vacaciones mientras tal vez los chavales se vean como productos del mercado, adolescentes que se tuercen en una espiral propia de la cinematografía de Hitchcock y desgarran emocionalmente a madres y padres, problemas económicos que obligan a convivir a dos sin quererlo… Muy duro para los protagonistas y bastante, pese a la profesionalidad, en el caso de los interlocutores. Releo la noticia y me encuentro un verbo viejo y caduco (escuchar) y otro nuevo (empatizar). Tan necesarios ambos para endulzar la amargura de vidas rotas.

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