Los ojos del búho

Tal vez el partido rojiblanco no fue una maravilla, pero vamos a agarrarnos al clavo ardiendo de los augurios positivos

Jon Rivas
JON RIVAS

No es que quiera hacer publicidad de marcas, pero no sé por qué asociaciones mentales, el cero a cero del marcador de San Mamés en días de partido europeo, con esos números tan redondeados, me recuerda a los ojos del búho de los anuncios de Tripadvisor. Sin embargo, con las cosas como estaban antes de comenzar el partido de anoche, en vez de augurar destinos exóticos, como el pajarito del buscador de viajes con su albornoz y guiñando el ojo a la cámara, esas gafas no apuntaban a nada bueno, posiblemente, al final del periplo europeo. Lo sabían los futbolistas del Athletic, empeñados, esta vez sí, en bombardear la portería sueca.

Han sido muchos partidos de jugar al tran tran, así que acostumbrarse a hacerlo con la intensidad que se le presupone a este equipo, cuesta un poco, y no me refiero a esa intensidad en sí misma, sino a los mecanismos que hay que desplegar para jugar a una marcha superior. Hay que arrancar, mover la bola y superar al rival y eso necesita mucha afinación, que todavía le falta al Athletic.

Había fe, en dosis espectaculares, convicción y una lógica pretensión de que San Mamés no fuera la tumba de las aspiraciones europeas del equipo, pero faltaba fútbol. Lo ponía Córdoba por su banda, y también Williams por la suya, pero esa precisión quirúrgica que se necesita para hacer un trabajo fino frente a un rival bien puesto, no acabababa de encajar con la velocidad a la que pretendía jugar el equipo.

Así que las gafitas del búho, asomaban amenazantes en las pantallas electrónicas de la Catedral. Esta vez significaban que los viajes se acababan, por mucho que Keita tratara de demostrar que la portería no es el punto fuerte del Östersunds. En el descanso, la tortilla no tenía el sabor de otras noches europeas, porque quien más quien menos, los seguidores del Athletic andaban preocupados.

Pero tanto insistió el equipo de Ziganda que en una de esas, avanzada ya la segunda parte, una colada de Lekue acabó en un remate fallido de Williams, otro de Raúl García, que golpeó el larguero, y la cabeza salvadora de Aduriz, autor del único gol rojiblanco, más producto de la fe que del fútbol. Las gafas del búho desaparecieron del marcador, aunque no la preocupación en la grada, que temía, y con razón, una acometida sueca al estilo del partido de ida. No sucedió y el Athletic sigue vivo en la competición.

Tal vez el partido rojiblanco no fue una maravilla, pero vamos a agarrarnos al clavo ardiendo de los augurios positivos. En el minuto 90, el árbitro, un polaco que se apellida Gil, le sacó la segunda tarjeta amarilla a Unai Núñez, y creeran los lectores que eso no es un dato favorable, pero tiremos de superstición y recordemos que este mismo árbitro también expulsó hace seis años, por dos tarjetas amarillas, a Fernando Amorebieta; que el Athletic, en aquel partido, le ganó 1-0 con apuros al Lokomotiv de Moscú, y se clasificó para la siguiente ronda. Acabó el trayecto en la final de Bucarest.

Por ser optimistas que no quede. Todavía restan dos finales para poder llegar a dieciseisavos, pero anoche al menos, se nos quitó una preocupación en cuanto desaparecieron los ojos del búho del marcador.

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