La oferta épica

No hay más que oír las invocaciones de Pablo Iglesias a la Revolución Rusa o la Segunda Guerra Mundial para percatarse de la fantasía en la que vive instalado

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Me lo confesó, hace más de una década, un joven forofo de Zapatero tras un largo rato de discusión en el que yo le reprochaba a él y a cierta gente de su edad que no valoraran y se empeñaran en dinamitar los logros de la democracia y de la Constitución del 78. «Es que tu generación -se sinceró de pronto el hombre- vivió la Transición, pero nosotros no tenemos nada a lo que agarrarnos; no hemos vivido la muerte de Franco; no hemos traído la democracia; hemos llegado cuando todo eso estaba hecho y también necesitamos sentirnos protagonistas de algo grande; de una segunda Transición, un cambio histórico que podamos contar a nuestros nietos». La verdad es que me dejaron desarmado la lucidez y la rapidez con las que mi interlocutor hizo ese diagnóstico del zapaterismo. ¿Qué le puedes contestar a alguien que solo pide un poco de vidilla en su vida? Aquel chico me dio una clave muy simple pero esencial de los bandazos políticos que da una sociedad y que no siempre tienen que ver con los motivos clásicos: la corrupción, el abuso de poder, el deterioro económico… Me dio una clave en la que yo no había caído: toda generación necesita hacerse un huequecito en la historia y la excusa que toma para ello es secundaria. En aquellos días de 2004 o 2005 en los que tuve esa charla, la economía española aún atravesaba un momento dulce. No habían estallado la burbuja inmobiliaria ni la crisis con su desempleo galopante o sus contratos basura. Y, sin embargo, mi joven amigo estaba deseando poner al país patas arriba y aprovechar la oportunidad que le brindaba un partido en el poder para ser el rojo que no pudo ser en un tiempo en el que no había nacido.

Creo que, cuando hablamos de las impugnaciones al sistema constitucional que vienen de la izquierda populista o de los secesionismos, se nos escapa esa clave de unas generaciones que no encuentran causas mínimamente románticas y sugerentes en otras alternativas políticas. No hay más que oír las invocaciones que hace Pablo Iglesias a la Revolución bolchevique o la Segunda Guerra Mundial para percatarse de que vive instalado en la fantasía de un tiempo que no es éste. No hay más que oír a sus seguidores con qué nostalgia hablan del 15-M y qué poesía les ponen a la acampada de Sol para reparar en que son más abuelos cebolletas que sus abuelos. Y frente a esa oferta épica no hay contraoferta que les cure del gran dramón que es haber nacido en una democracia avanzada de la Unión Europea. El PP logró, cuando ETA mataba, atraer a gente jovencita que ahora se ha metido monja en el convento político de María San Gil. La peña que creó Ciudadanos decidió casarse y tener hijos cuando Albert se convirtió en el ‘microMacron’ español. Y la UPyD con Rosa o sin Rosa es como Valentina y los Chiripitifláuticos, un programa del que ya no se acuerda nadie y que veíamos los niños de anteayer.

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