Oblea

Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Me sorprende que el Vaticano, que lleva siglos tratando de hacernos comulgar con ruedas de molino, se ponga ahora tan tiquismiquis con la cantidad de trigo que tienen que llevar las hostias de la comunión. Sin trigo no hay paraíso. Ese vendría a ser el mensaje difundido por el Papa Francisco en su nueva epístola a los obispos. Yo al oírlo ya me estaba haciendo cruces pensando en la excomunión forzosa de los celiacos, pero luego he leído el completo reportaje de mi compañera Inés Gallastegui y veo que no, que los celiacos no están necesariamente abocados al ateísmo, que pueden seguir comulgando con unas hostias especiales que incluyen una cantidad infinitesimal de trigo. Una cantidad que de tan pequeña parece más bien homeopática, casi rozando el placebo... Vamos que, como diría Chiquito, lo llaman trigo por no llamarlo Rodrigo.

Nos ha tocado vivir unos tiempos en los que vas a la panadería a comprar pan y tienes que enfrentarte al dilema de elegir entre quince o veinte variedades: pan de cereales, pan de aceitunas, de pasas, de nueces, pan de masa madre, pan de espelta, pan sin corteza, pan sin gluten, sin sal... ¡Pan sin pan! Así que es normal que en algunas parroquias posmodernas la oblea haya ido evolucionando hacia formas cada vez más fantasiosas y por lo visto menos sagradas: hostias integrales, con frutas, azúcar o miel. Hostias, quién sabe, quizá con sabor a fresa, menta y limón.

Frecuento pocas iglesias, pero yo diría que no está la cosa como para negarle a la feligresía un caprichito. Además, la hostia clásica, la que predica Francisco, es de natural ‘esaboría’, sosa, insípida, y se transmuta en cemento cuando se adhiere al paladar. ¿No es hora de actualizarla? En Andalucía, por ejemplo, se debería poder comulgar con picos, que ya de por sí evocan mejor la transubstanciación del pan en carne porque están llamando a gritos al jamón.

En lo que sí comulgo con el Papa es en lo del vino. ¿A quién se le ocurre consagrar un cáliz con cerveza? A alguien que tiene sangre de horchata, sin duda. No, amigos, no. Si al pan, pan... Entonces al vino, vino. Nada de mosto ni cerveza sin alcohol. Que no pasó el Señor aquel terrible calvario a base de zumo de piña. Lo que se sirvió en la última cena fue tinto. Además, ¿no nos dice la Iglesia que esto es un valle de lágrimas? Pues si es así, para atravesarlo habrá que echarse de vez en cuando algún lingotazo de ese vino mexicano llamado ‘Sangre de Cristo’.

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