Nochebuena alternativa

Algunos bares prolongan su servicio de barra hasta avanzada hora y hacen así gala de la espalda que dan sus dueños a la Navidad

Nochebuena alternativa
Juan Bas
JUAN BAS

Desde hace bastantes años, por razones que no le importan ni a mí (procuro creer), paso la Nochebuena en mi casa y solo; o en la calle y con peculiares compañías. Esta segunda opción, que cada vez practico menos por pereza, me ha deparado curiosas noches navideñas de aire dickensiano unas veces y otras propias de cuento de Bukowski. Todas comienzan igual. Tras pasar la tarde tomando unos tragos con viejos amigos, los bares van cerrando y cada uno se va a sus respectivas cenas familiares. Entonces me quedo solo y recorro mi variopinto barrio y aledaños en busca de los escasos locales a contrapelo que permanecen abiertos. Algunos simplemente demoran un poco el cierre, pero otros prolongan su servicio de barra hasta avanzada hora y hacen así gala de la espalda a la Navidad en la que militan sus dueños; esos son los que busco y coinciden con ser antros que apenas conozco.

Un garito gracioso, en el que pasé un largo y buen rato, era bar rockero con bandera sudista y una réplica (supongo) de escopeta Remington a modo de libro de reclamaciones. El agreste dueño, que parecía recién importado de un xenófobo bar de carretera de Texas, era sin duda simpatizante del KKK. Apenas había gente: cuatro solitarias moscas de bar y conmigo, cinco. Cada cual sumido en el fondo de su vaso y de su fumable. En consonancia con las trazas del local, acababa de sonar a buen volumen ‘Sweet Home Alabama’. Aproveché el instante de silencio por cambio de música para preguntarle al admirador del general Lee si tenía la versión larga y en directo de ‘Free Bird’, también de Lynyrd Skynyrd. Reaccionó con una mueca parecida a una sonrisa. «Joder, pureta, cómo controlas. ¡No voy a tener!». Las demás moscas de bar salieron de los respectivos letargos y repitieron el título de la mítica canción como si se tratara de un mantra para iniciados. Nos juntamos en algún punto de la barra para brindar, compartir humo y bambolearnos un poco al ritmo de las épicas galopadas de las guitarras.

Otra Nochebuena recalé en un destartalado bar cuyo hospitalario dueño odiaba la Navidad y permanecía abierto hasta el amanecer. Por allí fueron arribando diversos náufragos de la noche, la mayoría inmigrantes. Jóvenes musulmanes que bebían refrescos y sudamericanos que se pimplaban hasta el lavavajillas. Ya tarde, apareció un mexicano muy pedo y lloroso. Aseguró que se había quedado frito y había perdido el enlace con Madrid y el vuelo a casa, al DF. No había posibilidad de devolución de la guita. Amagó una petición de escote y cerré con disimulo la cremallera del bolsillo de la cartera. A las mil, el dueño me dijo que ya estaba bien de privar con el estómago vacío y me ofreció la mitad del austero bocadillo de mortadela que ya tenía montado. Me supo a gloria; lo que consigue el alcohol. Por cierto, feliz Navidad.

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