Nivel de alerta

Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

El imán de Ripoll, un pueblo de diez mil y pico de habitantes, con un diez por ciento de inmigración, es el principal sospechoso del salvaje atentado yihadista que ha enlutado a Barcelona y a España entera. Mientras todos pedimos unidad contra la barbarie, con el Rey a la cabeza, los independentistas a lo que aspiran es a no usar la bandera española como señal de duelo. El consejero Forn diferencia víctimas catalanas y víctimas españolas y quiere que los muertos se distingan, más allá de los minutos de silencio y del vuelo de las palomas, una vez demostrado que ninguna de las dos cosas son el sistema más apropiado para luchar contra el siniestro «frente de liberación» del yihadismo.

¿Cómo se miden los niveles de alerta? Y, sobre todo, ¿cómo se pesan? La Generalitat está utilizando el pavoroso atentado para hacer campaña del «procés», mientras Zoido, que acaba de reunirse con Rajoy, sigue manteniendo el nivel 4 porque se niega a confesar que estamos en el nivel 5, mientras se colorean con nuestra bandera París y Nueva York. El terror es ecuménico y la solidaridad siempre es de agradecer, pero el manantial de sangre ha brotado en Barcelona, que es nuestra. ¿Por qué se da por desarticulada la célula terrorista? Un mosso, antiguo legionario, abatió a cuatro yihadistas y evitó otra matanza en las calles de Cambrils. Los héroes son los que nunca creen que haya niveles de alerta y, si se los ponen por delante se lo saltan.

El valor consiste en aguantarse el miedo, que dijo Belmonte, el viejo monarca de los cráteres ibéricos, pero ahora el Rey, hablando en nombre de todos, incluso de los que no quieren oír, ha dicho que «no tenemos miedo ni lo tendremos nunca». Ojalá sea verdad, pero el pavor ha salvado muchas vidas. Más que los niveles de alerta, que no son los mismos para todos.

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