¿música o negocio?

Los festivales veraniegos se han convertido en la mejoroferta del negocio corporativo de la cultura

ENRIQUE PORTOCARRERO

Ponga un festival de música en su vida. Claro, porque los festivales veraniegos se han convertido en la mejor oferta del negocio corporativo de la cultura, donde ganan y monetizan por igual los músicos, los publicistas, los esponsors, los productores y, por encima de todo, las ciudades que los organizan y los acogen. Nada que ver con aquella filosofía o con aquel folclorismo hippie en los festivales de los 60, donde las marcas o la atracción turística todavía no habían rentabilizado el ‘flower power’ o el amor, la paz y la felicidad.

Pero en esta posmodernidad de descargas digitales y suscripciones con tarifa plana a Spotify, los ‘millennials’ creen en la regeneración musical del vivo y el directo, siempre y cuando se combine con una fiesta de dos o tres días, con una acampada o un hotel cercano, con varios ‘selfies’ para Facebook o Instagram y con una música variada y ecléctica. Gran negocio para las economías locales o regionales y también para la industria musical, porque las entradas a un festival de hoy cuestan sesenta veces más de lo que costaban en Woodstock y los grupos cobran veinte veces más de lo que cobraron en 1969 Janis Joplin y Jimi Hendrix. No son ya rebeldes y libertarios los macrofestivales de la contemporaneidad, pero sí un formidable ‘happening’ social convertido en fiesta de verano para la industria musical y cultural. ¿Es música o es negocio? Pues las dos cosas a la vez, sí, porque ambas no son antitéticas ni excluyentes.

Propiedad intelectual (El canon de ida y vuelta)

Pues sí, con esto del canon digital volvemos a donde estábamos, es decir, a una compensación por copia privada que vuelve a gravar los dispositivos y los soportes susceptibles de almacenar datos digitales. Porque, después de que los tribunales hubieran tumbado la normativa del Gobierno Rajoy por la que esa compensación se asignaba a los Presupuestos Generales del Estado, ahora no cabe más remedio que volver al impopular modelo del canon digital que surgió durante el Gobierno Zapatero.

Una broma inevitable, ya lo digo, puesto que ello implica un coste por soporte. Por ejemplo, 1,10 euros para el móvil, 3,15 para las tabletas, 0,24 para las memorias USB, 4,50 para las impresoras, 0,21 para un DVD virgen y 5,45 para un disco duro. Por supuesto, los más ingenuos afirman que serán los fabricantes y los importadores de estos productos los que paguen el canon. Vana esperanza, porque a nadie se le escapa que serán finalmente los consumidores los que sufran el canon en el precio de compra. Que la realización de una copia doméstica de un archivo protegido por los derechos de autor debe de generar una compensación a los titulares de esa propiedad intelectual no lo discute nadie. Pero eso de que al comprar un teléfono móvil o una tableta se nos imponga obligatoriamente un canon por si hacemos copias es algo completamente inaceptable. Tan inaceptable, sí, como que esa posibilidad de copia privada la paguemos todos con cargo a los presupuestos públicos.

Ópera (Rompiendo barreras)

Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. La frase podría aplicarse perfectamente a la iniciativa puesta en marcha por la Ópera de Roma, haciendo representar una versión abreviada del ‘Don Giovanni’ de Mozart en un camión que recorre barrios populares. El montaje está financiado parcialmente por el Ayuntamiento de la Ciudad Eterna y en la obra participa un reparto de jóvenes cantantes de la Ópera de Roma. Naturalmente, en un país operístico que está repleto de teatros y donde resulta urgente rejuvenecer las audiencias y generar nuevos públicos, la pregunta es si este tipo de iniciativas ayuda a lograr lo anterior. Bueno, en principio esta aventura de la ópera ambulante o la ópera en camión está más en el objetivo de romper barreras sociales y culturales o en el de hacer efectivo ese principio de la cultura como derecho fundamental de todos los ciudadanos. En general no es fácil captar adeptos para la ópera entre segmentos sociales con bajo nivel educativo y cultural, aunque es seguro que esta iniciativa lírica puede despertar muchas sensibilidades.

En la Ópera de Roma los menores de 26 años pueden comprar entradas a 15 euros, una cantidad que es todavía alta en barrios desfavorecidos. Ahora bien, familiarizar y acercar la ópera a públicos inhabituales es una condición necesaria si de lo que se trata es de rejuvenecer las audiencias y sembrar afición lírica entre nuevos segmentos sociales.

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