Museo y símbolo

El Guggenheim completa dos meses históricos

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Junio y julio han sido los mejores meses en la historia del Guggenheim. 253.298 personas han visitado el museo. Son casi un 6% más de los que lo hicieron el año pasado en las mismas fechas. El éxito hay que atribuírselo a Bill Viola, Toulose Lautrec y George Baselitz. También a la colección propia de la pinacoteca. Y a Frank Gehry, claro. El Guggenheim es uno de esos museos que habría que ver también si estuviesen vacíos. El tiempo lo ha dotado además de un sorprendente alcance simbólico.

Los regresos en autobús del aeropuerto tienen a ese respecto un momento mágico. Sucede cuando el autobús, tras fatigar el paisaje anodino de cualquier circunvalación urbana, entra en los túneles de Artxanda y aparece, no ya en Bilbao, sino junto al Guggenheim. Ahí la ciudad sorprende y se viene arriba, echando su gran éxito por delante. Es como si los Stones abriesen con 'Satisfaction'. No hay viaje en el que la aparición repentina del museo no genere en el autobús un gran «¡oh!» y una rápida algarabía de codazos y sonrisas. Son los extranjeros recién aterrizados, que no se lo esperaban. Yo creo que los aborígenes nos sentimos orgullosos cuando eso ocurre. Es un orgullo pequeño, pacífico, tolerable. Y totalmente infundado. Tampoco estuvo uno levantando el museo con sus manos y diciéndole a Gehry que se arriesgase, que había que meterle, no sé, como más curvas a la cosa.

Con los datos del comienzo del verano, parece muy posible que el museo mejore la cifra de visitantes del año pasado. En 2016 esa cifra superó el millón de personas. Fue el segundo mejor dato de la historia, por detrás del correspondiente a 1998, el primer año completo en el que el Guggenheim funcionó. Cierto que los triunfos de un museo no pueden ser solo cuantitativos, pero del mismo modo los triunfos del Guggenheim no son solo museísticos. Atañen en realidad a toda una ciudad que, golpeada por la crisis industrial, apostó por una reinvención que salió bien, pero que después hemos visto salir mal en otros sitios. Es, por supuesto, una de esas teorías que se elevan a la categoría de relato. Aunque calibrar su sinceridad puede ser tan sencillo como imaginar hoy un Bilbao sin Guggenheim. El resultado parece invariablemente una distopía, es decir, una ficción indeseable: un escenario en el que algo va muy mal.

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