MUSEO EN LLAMAS

EL Guggenheim se ilumina como una tarta de cumpleaños

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Otra señal de que los tiempos están cambiando, pero a mejor: antes, de los efectos especiales a gran escala solo podía encargarse la fatalidad. Boswell anota en su diario cómo una noche de septiembre vio arder la City de Londres «bajo el claro de luna». Fue un espectáculo fascinante, pero también uno real: el gran incendio de 1666. Nosotros podemos ahora, estos días de aniversario, ver arder el museo Guggenheim bajo la luna de octubre sin necesidad de que se haya desencadenado la tragedia. La verdad es que es más cómodo. Y presenta amplias posibilidades. Anochece y, además de en llamas, vemos el museo transformado sucesivamente en una pecera lisérgica, un paisaje sideral, un géiser onírico o un bosque fluorescente. Piénsenlo: en el siglo XVII no era posible asistir a prodigios semejantes, no al menos sin comer algo que estuviese realmente en mal estado.

En plan pensamiento automático, les diré que el espectáculo de luces y proyecciones que estos días incendia el Guggenheim deposita en mi cabeza dos evocaciones instantáneas: una tiene que ver con los fuegos artificiales de las fiestas, la otra con el espíritu olímpico. Es que de pronto ahí está todo: la expectación colectiva, la edulcoración estética y el espectáculo a una escala desmesurada, digna de una ceremonia inaugural. Se nota que a cargo del show está gente que participó en la apertura de los Juegos de Londres. Terminan las luces y dan ganas de retirarse a la villa olímpica, como si a los del heptatlón nos tocase madrugar el primer día.

El espectáculo que durante estos días ilumina el museo se titula ‘Reflejos’ y consigue ser muy impactante. Al mismo tiempo, resulta del todo superficial. Lo entiendes por contraste, cuando cesa el paroxismo lumínico y el Guggenheim vuelve a verse a secas, tal como es, gris, ondulante, algo abollado. Ahí llega la primera emoción. Lo de antes eran sustos. Pero es que recuerdas cómo hace veinte años el edificio de Gehry no solo era vanguardista sino que era escandaloso. Él era el espectáculo:un fuego frío de titanio. Ahora, sin embargo, los del ‘mapping’ rompedor proyectan prodigios sobre su superficie, para incendiarla. Es como pintarle bigotes a la Gioconda. Ya sin luces, el museo resplandece en su serenidad vetusta, no menos archiconocido, icónico y venerable que cualquier catedral gótica.

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