Mundiales

Las figuras del deporte viven de espaldas a los problemas de la sociedad. Las hermanas Muzychuk no lo han hecho en el mundial de ajedrez

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José María Romera
JOSÉ MARÍA ROMERA

Dos campeonas mundiales de ajedrez, las hermanas Anna y Mariya Muzychuk, han perdido la oportunidad de mantenerse en lo alto al renunciar a la participación en los mundiales de la especialidad celebrados días atrás en Riad. Lo hicieron, según ha declarado Anna, como protesta contra la situación de la mujer en Arabia Saudí. No querían ser tratadas como ciudadanos de segunda. No estaban dispuestas a permitir que alguien les dijera cómo debían vestir ni que se les prohibiera salir a la calle solas. Estamos poco acostumbrados a esta clase de gestos. Las figuras del deporte tienden a vivir de espaldas a los problemas de la sociedad, exentas de tomar postura frente a la injusticia y el abuso, instaladas en un pancismo complaciente que no solo evita meterse en líos sino que les acerca al calor del poder. Eso otorga a la decisión de las Muzychuk un significado superior, tanto por su rareza como por el coraje de haberla tomado a contracorriente. Es sabido que una de las estrategias recientes de los estados tiránicos consiste en conseguir ser sedes de competiciones deportivas relevantes. Se trata de tapar sus miserias mostrando al mundo un rostro amable y moderno, de acortar por la vía del espectáculo las distancias a veces siderales que los separan de las sociedades justas, abiertas y democráticas. Con la complicidad de las firmas patrocinadoras y de las federaciones internacionales, de unos años a esta parte se ha montado una auténtica orgía de grandes citas deportivas adjudicadas al mejor postor. La operación de propaganda permite al mismo tiempo brillar y oscurecer, doble labor a la que de vez en cuando se prestan de buen grado los propios astros del deporte. Así el futbolista Xabi Hernández, actualmente haciendo caja en Catar, quien en una reciente entrevista ha declarado: «Es cierto que en Catar no hay democracia, pero la gente es feliz». No estarán muy de acuerdo con él los familiares de los cientos de trabajadores de Nepal, India y Bangladesh que han muerto en las obras de construcción de infraestructuras para el Campeonato del Mundo de 2022, ni los miles que siguen trabajando en condiciones de explotación lindantes con el esclavismo. El exbarcelonista ha preferido fijarse en los catarís a quienes él ve encantados con la familia real y que llevan sus fotos en el coche. Son dos modos de actuar ante la organización de competiciones deportivas por parte de países totalitarios: el uno, rebelde y también inusual, que asume la responsabilidad de denunciar las vulneraciones de los derechos humanos y la ejerce sacrificando dinero y éxito; el otro, servil y generalizado, que colabora en el montaje sin decir ni mu y saca provecho de la indignidad. El mundial de fútbol de Catar se jugará sobre cementerios; nadie podrá acusar a las hermanas Muzychuk de haber consentido que el de ajedrez de Riad se jugara sobre el tablero de la desigualdad.

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