Oh, mujer

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Dentro de los actos de la Semana de la Movilidad se entrega el premio Paseante de Bilbao. Según explica el Ayuntamiento, el premio reconoce «la labor o los valores de personas y colectivos que contribuyen a hacer de Bilbao una ciudad más amable, habitable y sostenible». En el palmarés encontramos a personas como el exalcalde Areso y a colectivos como los usuarios de Gorabide. Todo bien por ese lado. Son gente que pasea por Bilbao. Tiene lógica que obtengan el Paseante de Bilbao.

Cada año son tres los candidatos que se someten a la votación popular que decide el premio. Este año dos de ellos son comprensibles: Jon Aldeiturriaga, gerente de la Asociación de Comerciantes del Casco Viejo, y la ONG Greenpeace. El tercer candidato en cambio es maravilloso: «La Mujer de Bilbao». El Ayuntamiento lo escribe así, con mayúscula, y yo al leerlo pienso en Marijaia. Si el Ayuntamiento escribiese «la mujer de Bilbao», yo pensaría tal vez en la esposa de un tal Bilbao, que pasea mucho. Por supuesto, es culpa mía. No debe de ser sencillo el trabajo en el departamento municipal de mayúsculas y minúsculas.

El Ayuntamiento termina resumiendo: «las bilbaínas». ¿Todas? No, la candidatura incluye «conductoras de Bilbobus, de Metro Bilbao, o de Tranvía, Maquinistas del Funicular, agentes de la Policía Municipal o Vigilantes de la OTA». (Ahora en serio, ¿estarán todos bien en el departamento de mayúsculas?) También se incluye a las usuarias del transporte público. Ellas son «La Mujer Bilbaína». A mí me suena como cuando alguien se pone intenso en una entrevista y, tras mirar al infinito, suelta: «La mujer es lo más maravilloso de este mundo».

Díganme, ¿no hay en Bilbao mujeres con un nombre y una trayectoria a las que premiar? ¿Existe realmente necesidad de utilizar ese singular genérico tan haragán y bochornoso? La mujer bilbaína. ¿No les chirría? Puedo imaginarme perfectamente a un gerifalte franquista inaugurando una estatua en homenaje a «La Mujer» (mayúscula), que es madre, esposa y bla, bla, bla. Y también me imagino al cantautor revolucionario que trova cosas sobre «la mujer» (minúscula) que gesta en su vientre galaxias, o cosas incluso peores. La cursilería es como una cinta de Moebius: ofrece un camino infinito y presenta una sola cara. Siempre es la misma.

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