Muchedumbres consoladoras

José María Romera
JOSÉ MARÍA ROMERA

Entre las diversas formas del consuelo destaca la que mira al dolor de los demás. Pero el refranero nos pone sobre aviso: el dicho «Mal de muchos, consuelo de tontos» advierte de la inutilidad de buscar alivio en las desdichas de la mayoría, puesto que la extensión de un mal no reduce su intensidad, ni por el hecho de que un número abundante de personas sufran el mismo daño que el nuestro puede decirse que a este le toca una porción menor de dolor. Por eso el ingenio popular da la vuelta a la paremia y la transforma en «mal de muchos, epidemia». Ahora bien, no se puede negar que la sola conciencia de compartir un quebranto con otros que lo padecen en igual grado tiende a amortiguar la pesadumbre en la medida que ayuda a sobrellevarla mejor. No somos menos dolientes o infelices porque los demás también lo sean, pero tranquiliza descubrir que no estamos solos en esa travesía por la oscuridad. Se ha comprobado, por ejemplo, que los procesos individuales de duelo que suceden a una desgracia colectiva -una catástrofe natural, un accidente con abundancia de víctimas, una guerra- tienden a completarse en plazos más cortos que cuando se trata de pérdidas aisladas. Y qué decir del estudiante suspendido en un examen que solo ha aprobado un reducido porcentaje de la clase: evidentemente, ni su decepción es la misma ni se siente tan culpable de haber estudiado poco como se sentiría de haber sido el único en suspender.

Para entender este efecto balsámico del mal compartido hay que situarse en la perspectiva del sentimiento del dolor. No solo sufrimos por el efecto directo del daño físico, anímico o moral recibido; una parte nada despreciable de nuestras aflicciones está teñida de culpabilidad. Una voz interior nos dice que el mal padecido es un castigo por alguna acción u omisión de la que somos responsables, aunque sea remotamente. Descubrir que otros sufren un mal similar me permite diluir mi culpa dentro de otra culpa generalizada y por tanto insignificante en lo que a mí concierne. Camuflados entre la masa de afectados, ya no es solo que hayamos hallado un buen pretexto para eludir responsabilidades cuando hemos incurrido en conductas inapropiadas («si todos lo hacen...»), sino que sentimos más soportable el dolor al despojarlo de la irracional pero hiriente carga de la responsabilidad propia. Si algo me pasa solo a mí es que algo habré hecho para merecerlo; si les ocurre a más personas, tal vez nadie deba pedirme cuentas.

«El hombre embargado por la desgracia busca consuelo en la suma de su pena con lapena de los demás» Milan Kundera

Todas nuestras autopercepciones, del tipo que sean, cambian cuando se someten al efecto comparación. Calderón de la Barca ya lo reflejó con acierto en ‘La vida es sueño’ al poner en boca del personaje de Rosaura la conocida fábula del sabio que se lamentaba de su pobreza mientras cogía yerbas para alimentarse. En un momento dado el sabio volvió el rostro y vio «que otro sabio iba cogiendo / las hojas que él arrojó». Con la comparación aparcamos por un momento el rumiado de nuestra pena para fijarnos en la de los otros. No tenemos derecho a quejarnos, nos decimos entonces. Un sentimiento mixto de alivio, de vergüenza y de fraternidad nos invade. La mente abandona la autocompasión para centrarse en la lástima, la empatía y la solidaridad. La comparación relativiza el dolor que uno creía absoluto. Al revés que la envidia, que compara para llegar a la conclusión de que se es más desdichado al lado de los bienes del prójimo, la confrontación con el sufrimiento ajeno suele engendrar un acercamiento compasivo que a la vez nos consuela: entendemos cómo se siente el otro, dado que participamos de su infortunio. Y a la vez nuestra pesadumbre se ‘normaliza’ al comprobar que no somos tan únicos como nos había hecho creer nuestra propensión narcisista al victimismo.

Pero también el daño extendido actúa de excusa para renunciar al esfuerzo. Como anotaba el marqués de Santillana en su catálogo de refranes, dando una vuelta de tuerca a la versión simplemente consoladora del dicho, «Mal de muchos, gozo es». No es gozo porque regocije, sino porque invita a un estoicismo muelle, a un abandono resignado por efecto del cual nos negamos el derecho a la rebeldía contra nuestro destino. En una de sus peores deformaciones, este sentimiento lleva a verificar que no solo nuestro dolor existe y es grande, sino que participa de un dolor de dimensiones cósmicas ante el que nada puede hacerse. Estoy mal porque la vida es cruel, porque reflejarme en el dolor ajeno, lejos de proporcionarme alivio, me vuelve más pesimista. Solo una ventaja cabe concederle a esta postura: la de abrirnos a la posibilidad de que la conciencia del mal propio unida al descubrimiento del mal de muchos nos saque de la inacción ensimismada y nos impulse a obrar en alianza con los demás en busca de soluciones compartidas. En tal caso, bienvenido sea el consuelo del mal de muchos que no reconforta pero sí ennoblece.

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