Mostrarse para existir

IMANOL VILLA

Dónde está el mayor placer? ¿En observar o en ser observado? No está clara la respuesta a estas alturas de la evolución humana. Desde siempre, la figura del mirón, el voyeur, había sido asociada a personas grises, tímidas, escondidas de los demás y de las cuales era difícil escuchar el más mínimo ruido. Se ocultaban de lo ajeno para mirar con el objetivo de obtener un placer íntimo, propio, egoísta, a través de la recreación visual sobre los otros. Se buscaba la sorpresa de la cotidianeidad íntima, la que se suponía oculta a los ojos de los demás por ser propia, exclusiva e intransferible. Eso ansiaba y ansía el voyeur.

Regocijarse ante la imagen de un observado ignorante del hecho. Nadie sabe nada y, por eso, el placer es tan grande. Porque todo queda en un descuido desconocido que muchas veces consigue convertirse en eterno. Nunca nadie supo y nunca nadie sabrá. Ahí radicaba y radica parte del placer.

Sin embargo, a tenor de lo mucho que se nos ofrece por televisión, bien puede decirse que tanto placer da observar, como ser observado. No son pocos los que quieren enamorarse ante las cámaras, casarse, conseguir un novio o una novia o, simplemente, tener una aventura sexual con una/o o con muchas/os porque, a la vista de lo que ofrecen, las posibilidades son enormes. Pero no solo gusta airear sentimientos, frustraciones, deseos y gustos espirituales y carnales, también se busca la reivindicación ante la mayoría cuando se quiere aprender a cocinar, a cantar o a emular a esto o a lo otro. Cualquier excusa parece ser buena para salir del anonimato y proclamar a los cuatro vientos que existimos, que queremos ser y que lucharemos ante el final por conseguir nuestros sueños. Y todo ello ante miles de personas, sometidos a sus críticas, sus valoraciones y sus opiniones de expertos aficionados.

Mirones que ya no se esconden pues forman parte de las audiencias declaradas ante los observados que necesitan de cuanta más gente mejor. Curioso comportamiento este del ser humano. Mostrarse para existir. Como si el anonimato y el cuidado de la intimidad formaran parte ya de un estadio evolutivo superado. Pintoresco universo de individuos que necesitan de otros, observadores, voyeurs descarados para conseguir lo que no fue posible desde su pequeño mundo desconocido. ¿Hacia dónde vamos? ¿Quedará en un futuro alguna parcela propia, personal e intransferible, propiedad oculta del ser humano? ¡Qué difícil es la respuesta! Pocos habrían pensado no hace tanto tiempo que ser un voyeur pudiera llegar a ser algo tan fácil y cotidiano. Una característica más de la evolución humana.

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