MONUMENTO VA

El derribo de un monumento franquista causa heridos

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Ayer nos enteramos de una circunstancia de la que sin tener noticia también vivíamos bien: en la cima del monte Gaztelumendi de Larrabetzu había un monumento franquista. Se construyó en 1938 en memoria de los caídos en la ruptura del Cinturón de Hierro. Además de franquista, era espantoso. De piedra y hormigón, media diez metros. Y estaba hecho un asco, lleno de agujeros y pintadas, igual que cualquier otro vestigio abandonado al que el tiempo y las sucesivas adolescencias del entorno transforman como es ley natural en botellódromo.

En el pleno de abril el Ayuntamiento de Larrabetzu acordó echar abajo el mamotreto. Ayer era el día del derribo, los operarios procedieron y algo salió muy mal: el mazacote cayó para el lado incorrecto y los cascotes volaron hacia los espectadores. Las imágenes dan cuenta de que podía haber pasado allí cualquier cosa. Una mujer terminó con las dos piernas rotas del mismo modo que podían haber terminado dos mujeres sin ninguna cabeza.

Fue una escena de terror. La cruz franquista cayendo sobre la gente. Al verla, le surgían a uno preguntas instantáneas y alarmadas. ¿Quién diablos ha establecido ese perímetro de seguridad? ¿Qué técnicos han controlado ese desplome? ¿Cómo puede haber heridos en el derribo de lo que parece un prisma bastante regular que no es más alto que el perro del Guggenheim?

Sin embargo, ayer dio la sensación de que, metidos en simbolismos, no tardo en extenderse la certeza colectiva, subconsciente y alucinada de que el culpable tenía que ser Franco. Incluso el Ayuntamiento, es decir, el responsable del derribo, y quien había convocado allí a la gente, emitió un comunicado en el que ni pedía disculpas ni lamentaba lo ocurrido, sino que mostraba su «solidaridad y total apoyo» a las personas «heridas en el accidente».

Imagínense que pasa algo similar en la inauguración de unas farolas. No tiene pueblo el alcalde para correr. Pero esta vez la intervención de obra civil era la propia Guerra Civil a posteriori. Eso explica que se preparase el derribo del mazacote como la ejecución de una sentencia dictada por la misma Historia. Y que todo se hiciese con el habitual exceso de énfasis. Como si cupiese mayor victoria que un mucho de pulcritud democrática y un poco de indiferencia.

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