Misiles bonitos

En las palabras del tuit de Trump se concentran todas las taras que asolan nuestra época

Donald Trump./
Donald Trump.
Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Jorge VI necesitó un logopeda para declarar la guerra a Alemania en 1939, pero Donald Trump anunció su bombardeo sobre Siria con un tuit tabernario que ilustra de manera elocuente la distancia que separa a aquella época de la nuestra: «Prepárate, Rusia, porque lo que vendrán serán misiles bonitos, nuevos e inteligentes…»

No. No es que uno no deseara una intervención militar que pusiera fin al empleo de armas químicas con el que Bashar-al-Ásad está masacrando a su propia población. No es que uno no desee incluso el derrocamiento de ese criminal de guerra. Uno nunca ha compartido el extendido, frío y pragmático criterio de que la única solución para tener apaciguados a esos países susceptibles de caer en las garras del radicalismo islámico esté en mantener a sus sátrapas laicos o religiosamente moderados como gendarmes al servicio de Occidente. A uno la vida no le ha hecho tan cínico como para lamentar la caída de Mubarak en Egipto, de Gadafi en Libia o de Hussein en Irak, como han hecho algunos analistas desde un utilitarismo neoliberal. No es justo que los sirios tengan que elegir entre la barbarie del Estado Islámico y la de Bashar-al-Ásad. Más bien el caso de este último demuestra hacia dónde lleva esa clase de análisis y de sentido práctico.

Lo que uno exactamente no deseaba es que esa intervención se produjera como exactamente se ha producido: como un pulso de dos personajes, Trump y Putin, que han hecho una bandera oportunista de la recuperación del orgullo nacional de sus respetivos países, supuestamente perdido. Aquí no sólo hay una causa humanitaria. Aquí lo que hay es esa causa mezclada con lo contrario: con dos agresivos populismos nacionalistas en pugna. Es esa combinación explosiva, ese hipócrita manera con la que Trump trata de envolver su patrioterismo local puro y duro de buenismo internacionalista y compasión beatífica por los masacrados, lo que hace poco apetecible estar en su bando y directamente temible estar bajo su mando. Uno no sabe lo que pasará por las cabezas de Macron y de May. No sabe si han medido las consecuencias que tendrá su desafío a Moscú y formar pandi con semejante socio, o si estamos ante un aquelarre de populistas. Uno es que se niega a ver un salvador en alguien que tiene el comportamiento de un gamberro planetario o del borracho que juega en la máquina de un bar a derribar en un monitor naves de marcianitos.

Sí. En las palabras de ese célebre tuit presidencial están concentradas de un modo ilustrativo todas las taras que asolan nuestra época: la frivolidad temeraria y la precipitación impulsiva de los mensajes más abroncados de las redes sociales, la obscena fascinación ante un nuevo artilugio que sirve para matar, el explícito reconocimiento de que la capacidad de pensar ya no es una cosa de humanos sino de misiles… ¿Cómo se puede hablar de misiles bonitos?

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