Memoria de verdad

El deseo de encarar el futuro no puede llevar a diluir lo esencial -que ETA mató sin justificación alguna- ni suavizar el repudio de un pasado tan lacerante

EL CORREO

El sentido homenaje tributado ayer en Ermua a Miguel Ángel Blanco en el vigésimo aniversario de su secuestro y asesinato permitió visualizar tanto lo que significó para la ciudadanía vasca y española aquel cruel crimen de ETA, como la distancia que persiste entre la izquierda abertzale y el resto de las fuerzas políticas a la hora de afrontar un pasado de violencia tan duradero y aún tan reciente. La presencia del parlamentario de Sortu Julen Arzuaga en la representación enviada al acto por EH Bildu trató de desandar el camino de anuencia con el terror recorrido durante décadas por la antigua Batasuna.

Pero aunque la imagen de ayer fuera mejor que cualquiera otra de las padecidas en los años de golpeo etarra, el daño causado fue tan enorme e irreversible y tan profundas las heridas abiertas en la convivencia que la izquierda abertzale no puede aspirar a que baste con los calculados pasos que va dando, como le recordaron el popular Alfonso Alonso y el alcalde socialista de la localidad, Carlos Totorika, ambos víctimas de la intolerancia extrema. En especial cuando EH Bildu se ha mostrado incapaz de sumarse a las declaraciones institucionales para repudiar lo que fue, simplemente, un crimen, arrastrando de paso a la ambigüedad y a la tibieza a aquellos de sus socios que se posicionaron sin reservas contra el terror hace 20 años.

Junto a ello, resulta lamentable que las discrepancias del PNV con respecto al modo en que se planteó y redactó el texto pactado en el Congreso por el PP, PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos acabaran haciendo que los jeltzales compartieran el veto a la iniciativa con aquellos que callaron hace dos décadas y que siguen sin cuestionar el mal provocado. Después de todo lo sufrido, los llamamientos a mirar hacia el futuro y la apelación a la unidad en torno a una suerte de memoria compartida no pueden hacerse a costa de diluir ni la verdad esencial -ETA asesinó y coaccionó sin justificación política o moral alguna-, ni suavizar la exigencia en el rechazo a una realidad tan lacerante.

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