Memoria silenciada

Es necesario reconocer que el homenaje de ayer a los empresarios que sufrieron el acoso etarra, además de justo, fue tardío

EL CORREO

Los empresarios de Euskadi fueron ayer reivindicados por su tesón y compromiso frente al acoso sufrido durante décadas a manos del terrorismo etarra. El homenaje tributado por los patronos y directivos de hoy a quienes les precedieron al frente de la industria vasca constituyó, también, un acto de justicia por parte de las instituciones y de la sociedad en su conjunto hacia aquellos que soportaron el secuestro, la extorsión y la permanente inseguridad en sus personas y en sus familias. Las palabras del lehendakari Urkullu, en las que agradeció el esfuerzo realizado para no abatirse moralmente en los años de plomo, y el recuerdo del presidente de Confebask, Roberto Larrañaga, a quienes padecieron lo indecible «en silencio y soledad» expresaron el sentir de la inmensa mayoría de la sociedad vasca. Y ello, pese a que en algunos momentos pudieran percibirse señales de indiferencia ante la persecución desatada por ETA contra el sector empresarial. Un acoso que trató de ensañarse con los responsables de las compañías vascas, especialmente de las más modestas, intentando coartar su libertad y atenazar su conciencia; y no solo para aplicar la extorsión sobre una parte de la economía del país, también para adueñarse de la voluntad de la Euskadi productiva. Es por eso que la banda terrorista se empeñó en ‘sindicar’ rescates difiriendo en el tiempo el cobro o extendiéndolo a un sector u otro de actividad. Se mostró además especialmente cruel al hacer partícipes a los familiares de la angustia que muchos soportaban sin contar nada a nadie, multiplicando el número de misivas amenazantes para así socializar el acoso, o aprovechándose de determinados conflictos laborales para simular un afán social reivindicativo en su sinrazón. Porque el objetivo último de la extorsión -llamada ‘impuesto revolucionario’- no era tanto recaudar dinero de inmediato como asegurarse el sometimiento a medio y largo plazo de la clase empresarial. De ahí que impusiera sobre sus víctimas la macabra ducha escocesa de exigirles silencio unas veces para denunciar su resistencia a la ignominia otras. Por todo ello es necesario reconocer que el homenaje de ayer, además de justo, fue tardío.

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