La memoria del holocausto

Como escribía Josep Roth, el Tercer Reich es «el comienzo de la destrucción. Por una vez no se mata a los judíos porque hayan crucificado a Cristo sino porque lo han engendrado»

La memoria del holocausto
Javier Zarzalejos
JAVIER ZARZALEJOS

Se acaba de rememorar la Shoa, el Holocausto, el exterminio sistemático de los judíos europeos por la estrategia genocida del nazismo. Un empeño asesino que sigue produciendo espanto tanto por su apabullante magnitud como por lo que significó de ‘banalización del mal’, esa expresión con la que Hanna Arendt calificó la industrialización de la muerte, la rutina burocrática de los verdugos nazis en la ejecución de su mandato asesino.

Un estupor ante los horrores de los campos de exterminio que alcanza el tejido más profundo de la conciencia humana, y que el Papa Benedicto XVI expresó con dramática radicalidad en su visita a Auschwitz en mayo de 2006 cuando se hacía eco de lo que él mismo describía como un grito interior que dirigía a Dios para interpelarle: «¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto?».

Benedicto XVI sintió «que era un deber visitar Auschwitz como hijo del pueblo alemán». Antes, Juan Pablo II se arrodilló ante el recuerdo de las víctimas evocando su condición de polaco y de obispo de Cracovia en cuya diócesis se ubicaba el campo de exterminio. Esta singular confluencia de dos pontífices que se reconocen hijos de pueblos enfrentados por la guerra, unos como verdugos, otros como víctimas, ha ofrecido algunas de las reflexiones más lúcidas sobre el significado moral de la Shoa. Auschwitz, «lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia»; «lugar construido para la negación de la fe en Dios y de la fe en el hombre, para aplastar radicalmente no sólo el amor, sino todos los signos de la dignidad humana»; «un lugar que no basta sólo visitarlo» sino en el que «hay que pensar con temor dónde están las fronteras del odio»; «Gólgota del mundo contemporáneo», son alegatos que los dos pontífices hicieron ante los barracones de la muerte.

Con ello se expresa el hecho de que el Holocausto no sólo es un acontecimiento de la historia judía sino una suerte de memoria global. Y esto es así porque, como escribe Eva Hoffman, «la Shoa nos pertenece a todos nosotros. Muchos países estuvieron implicados o afectados por el Holocausto mientras éste tenía lugar; después, el Holocausto ha alterado en todos la conciencia de la historia, de las posibilidades más extremas de la naturaleza humana y de nuestra común condición existencial».

Es un imperativo moral e histórico recordar el sufrimiento de ese pueblo que -como recordaba Juan Pablo II-, habiendo recibido de Dios el mandamiento de «no matar», «ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar». Precisamente por ello, el Holocausto ha moldeado nuestra visión de la historia y de la condición humana. Algunos sectores judíos ven con aprensión esta universalización de la Shoa, no porque rechacen lo que tiene de reconocimiento hacia el pueblo judío sino por lo que puede suponer de disolución de esa identidad que define a los que sufrieron por millones el sacrificio en las cámaras de gas y en las fosas de Europa oriental. Entienden que si el Holocausto se aleja de la identificación de la condición judía como el objeto del odio nazi se puede terminar desvirtuando su significado, transformándolo en la rememoración de un acontecimiento remoto, de un espanto en riesgo de convertirse en anónimo. El exterminio judío merece que aplaquemos el miedo al olvido y aseguremos la pervivencia de su memoria.

Una respuesta a estos temores y la razón de que el Holocausto puede y deba ser reclamado como memoria compartida, la dio un judío austríaco, Joseph Roth, testigo en Berlín del ascenso del nazismo, en las páginas de ‘Cahiers Juifs’ en 1933, antes de que el terror nazi se desplegara en toda su extensión. En ese texto, publicado en España dentro de una recopilación de sus escritos bajo el título ‘Crónicas Berlinesas’, Roth escribía: «El mundo amenazado y aterrorizado debe darse cuenta de que la intrusión del cabo Hitler en la civilización europea no significa solamente el principio de un nuevo capítulo en el terreno del antisemitismo». Y añadía: «este Tercer Reich es el comienzo de la destrucción. Por una vez no se mata a los judíos porque hayan crucificado a Cristo sino porque lo han engendrado. Cuando se queman los libros de autores judíos o sospechosos de serlo, en realidad se está echando a la hoguera el libro de los libros: la Biblia. Cuando se expulsa y se encarcela a jueces y abogados judíos, se está atacando, en el fondo, al derecho y a la justicia. Cuando se exilia a los escritores de renombre en Europa, se manifiesta así el desprecio que se siente hacia Inglaterra y Francia. Cuando se tortura a los comunistas, se combate el mundo ruso y eslavo, el de Tolstoi y Dostoyevski, mucho más que el de Lenin y Trostki».

En su descripción, Roth conecta el nazismo con las raíces antisemitas, eslavófobas y anticatólicas de Prusia. Pero también anticipa el Holocausto como genocidio contra el pueblo judío y como proyecto de aniquilación cultural de Occidente, de erradicación de sus cimientos morales, en la que resuena el desprecio nietzscheano a la tradición judeo-cristiano como propia de esclavos, los «infrahombres» del nazismo a los que éste despojó de la condición humana para habilitar su asesinato en masa.

Cuando Nietzsche proclamó «la muerte de Dios» para dar paso al «superhombre» abanderaba la quiebra de la cultura occidental que el nazismo quiso llevar a sus últimas y más horrendas consecuencias. Se trataba de la convicción nihilista de que el superhombre nazi -para el que nada sería ni moral, ni históricamente imposible- solo podría nacer de las cenizas de los crematorios donde ese ‘Dios de esclavos’ tenía que morir a través de la muerte de su pueblo, el pueblo elegido.

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