Mayorías silenciosas

Juan Carlos Viloria
JUAN CARLOS VILORIA

El pasado 8 de octubre las calles de Barcelona se llenaron con una inédita concentración de banderas españolas, europeas y senyeras. Allí estaban miles de ciudadanos que no acuden a las Diadas pero que frecuentan las ‘calçotadas’. Que no ponen las banderas en el balcón y que habitualmente prefieren Tele5 a TV3. Que alguna vez leyeron al poeta Miquel Martí Pol, pero que son más de Juan Marsé. Que en su tiempo compraron discos de Lluis Llach aunque de quien tienen casi todos es de Serrat. Son del Barça y serán. También preparan canelones por San Esteban, la escudella en Pascua y compran los panellets por Los Santos. Al día siguiente de la histórica manifestación por el seny y la sensatez, los medios coincidieron en titular que en la ciudad de los prodigios había salido a la calle «la mayoría silenciosa». Otros fueron un poco más intencionados y se inclinaron por «la mayoría silenciada». Pese al éxito en cantidad y calidad y a la dosis justa de emociones y razones (Vargas Llosa al corazón y Borrell a la cartera), el evento logró un efecto políticamente muy inferior a la magnitud de su peso ciudadano. Desde el punto de vista táctico la mayoría silenciosa salió a la calle cuando ya había perdido el partido. La calle durante cinco años intensos de movilización había sido monopolizada por las esteladas, «el votarem», el derecho a decidir, y otros mantras del laboratorio de propaganda del soberanismo. Y es que en una democracia audiovisual, una mayoría no puede ser silenciosa cuando se confronta con un movimiento nacionalista basado en el espectáculo, el color, el ardor, el ímpetu y la obstinación. Puede ser silenciosa en fases rutinarias de la democracia representativa. Pero en Cataluña los constitucionalistas tenían enfrente un máquina perfectamente engrasada de movilización y movimiento de masas. Movimiento y color. Niños y mayores. Sin gritos ni lamentos. Pocos lemas y muchas manos. Pocas palabras, muchas sonrisas. Como si hubieran organizado esas diadas los de la Fura dels Baus o Els Comediants. Una de esas movidas por la Diagonal vale por muchas mayorías silenciosas. Provoca un efecto representación «de todo el pueblo». Y como efecto indirecto confina a los no partidarios a quedarse en casa. Porque ocupa la calle e intimida. Por eso las democracias imponen para adoptar decisiones importantes una aritmética y un cálculo riguroso, individual. No fotografías aéreas para calcular manifestantes. Y cuando se trata de abrir en canal una comunidad, se exigen no solo mayorías simples, sino absolutas y reforzadas. Ninguna de las consultas populares que ha realizado hasta ahora la Generalitat hubiera resistido el escrutinio que se exigió en Croacia y Eslovenia (dos tercios de participación y 60% de ‘sí’) o la misma ley de Claridad de Quebec (50% más uno del censo). Pero ahora diles a Puigdemont y a Junqueras que cuenten.

Fotos

Vídeos