COZ Y MARTILLO

No cesan las pintadas en la Casa del Pueblo

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

La Casa del Pueblo de Sopela apareció ayer llena de pintadas. Otra vez. Las pintadas reclamaban la libertad del pueblo, la de los presos. Aunque, como queriendo dejar claro que no viven dominados por sus obsesiones inamovibles, sino al cabo de la calle, los autores añadieron ayer un motivo de actualidad: «155 Akatu». Acabemos con el 155.

Sirve igual un roto que un descosido y la internacionalización del asunto catalán llega lo mismo a Bruselas que a Sopela. Lo preocupante es que en lo tocante a Sopela todo se concentra en la misma persiana, la de la Casa del Pueblo, que amanece a cada rato llena de pintadas, transformada en una pizarra a disposición de una inteligencia precaria y perdonavidas. También de una con problemas de lectoescritura y dibujo abstracto. Pero de eso hablaremos después. Señalemos antes lo evidente: la aparición sistemática de esas pintadas en la sede de un partido es pura intimidación, señalamiento, una amenaza cuya naturaleza puede entender incluso alguien a quien hayan expulsado, por fascista, de un curso por correo de introducción al fascismo.

Las pintadas reaparecen sin embargo a cada rato y escandaliza que el Ayuntamiento de Sopela no dé un golpe en la mesa: «A mis vecinos nadie les pinta amenazas en su casa». Hay sin embargo en las pintadas de ayer algo emocionante. Entre dos lemas referentes a los presos, una hoz y un martillo reconocibles. Uno lo ve y se dice: «Ahí está el símbolo soviético que representa la alianza entre los obreros y los campesinos realizado por un estudiante de Bellas Artes que vive con sus padres en un chalé de Uribe Kosta». El avance es grande. Es que en las pintadas que aparecieron a finales de julio la hoz y el martillo eran un auténtico fiasco: una interrogación cruzada con una señal de pista scout. En vez de un símbolo revolucionario, parecía el hierro de una ganadería. Era el equivalente a una de esas esvásticas que, con las prisas, la emoción y la dislexia, le quedan al fanático como una menorá. Por otro lado, en las pintadas de ayer no se advierten errores ortográficos. Es que en otra de las intervenciones de este verano se exigía la «Anmistía». Y en otra se leía «Gora EGA», que es quizá el primer viva subversivo que se le da a un título oficial de competencia lingüística. Si no es por dignidad, el Ayuntamiento de Sopela debería mirar lo de intervenir por el ridículo.

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