Una maqueta animada de la ONU

La delegación australiana ofrece montaditos de cocodrilo, que debe de ser como meternos aquí una tabla de Idiazabal

ÁNGEL RESA

Acudí el jueves a la caída de la tarde con la intención de pagar algo en ‘glorias’, esas fichas azules que manejaba la hinchada albiazul en la ‘Fan Zone’ de Madrid el 27 de mayo, horas antes de disputar la Copa al Barça. Pero las dejé donde estaban, al fondo del bolsillo. Tanta diversidad para que también allí imperase el euro, la moneda que sustituyó a la peseta y nos empobreció con el cambio de la noche a la mañana. Nada de dracmas, liras, soles, francos, pesos, marcos o bolívares. Las compras y consumiciones se abonan en la divisa de la UE, esa de la que ha decidido apartarse el Reino (Des)Unido. Escribo sobre el Festival de las Naciones, que hoy mismo baja la persiana hasta el próximo verano. Y muy probablemente al margen de la Plaza de la Constitución, que se prevé en obras entonces. La cita anual viene a representar la ONU en miniatura y a lo ancho, no con el formato verticalísimo del edificio que la acoge de verdad en la Primera Avenida neoyorquina, allí donde se toman los helicópteros para sobrevolar Central Park.

Los australianos ofrecían montaditos de cocodrilo. / B.C

Los puestos ajenos al condumio y a la priva forman una especie de L o T. Algún tenderete de conservas y quesos recuerda al mercado navideño, aunque falta lábel autóctono para identificarlo siquiera tangencialmente. Manda la impresión de hallarnos más bien ante los locales de quita y pon que ocupan la Senda y el Paseo de la Música durante las fiestas de La Blanca. Mucha bisutería que entra por los ojos a precios de saldo, aromas a sándalo e incienso que incitan al interiorismo anímico y la paz mundial, marroquinería que despide olores intensos a piel, vestidos de mujer y productos de comercio justo. Ciertas sensaciones de zoco donde todo cabe. Bajo un mismo toldo la iconografía ortodoxa de vírgenes queda a la vera de camisetas rotuladas con la hoz y el martillo, el retrato calvo de Lenin y las gorras del imperial Ejército ruso.

«Es acero lo que está viendo. Se puede mojar, no pierde el color y es antialérgico». Me dice la latinoamericana sobre anillos y pulseras que con tantas virtudes parecen la caraba en verso. Pero ojo, unos metros más adelante, al análisis grafológico exprés. «Usted firma y el ordenador analiza su personalidad en treinta segundos». Joder, esta vida nos lleva por delante, menos tiempo que la posesión para tirar a canasta en un partido de baloncesto. Suena a esos juegos de Facebook, que toman una foto del protagonista y en lo que dura un parpadeo lo mismo lo proponen para presidir el Fondo Monetario Internacional.

Puestos compartidos, labios divididos… Reminiscencias auditivas de Maná me valen para explicar que Italia y Cuba sirven bebidas y cosas de picar bajo el mismo toldo, aunque ofreciéndose la espalda. La delegación australiana ofrece montaditos de cocodrilo, así como suena, que debe de resultar tan común como meternos aquí una tabla de Idiazabal entre pecho y espalda. Los ‘aussies’ también van en pareja, junto a los productos de Rusia y otros países del Este. Ni asomo de Maduro en el kiosko venezolano y sorprende la grandeza en metros cuadrados que ocupa el de Perú. Separados por unos metros, los consulados gastronómicos de Alemania y Argentina. No digan que no componen un cartel grande para anunciar la madre de todos los partidos en un Mundial de fútbol.

Hay ambientillo bueno y bastante gente, mucha de ella local. Antes de que la crisis reventara vidas, los jubilados se citaban para ver obras. Desde hace años, y a falta de zanjas y grúas, buscan otros divertimentos con los que echar el rato. Por ejemplo, contemplando los gráciles movimientos de swing que bailan los alumnos talluditos de las escuelas sobre la pista del escenario. Enfrente de ella, el gastrobar de USA. Estos estadounidenses, siempre dominadores, ocupando el espacio central. Ofrecen ‘costillas Obama’ y no sabe uno si tomarlo como sincero homenaje demócrata al expresidente o en la condición de dardo republicano, una especie de metáfora de partirle el espinazo.

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