Mano tendida

La Generalitat apuesta por el diálogo. Al Estado le toca ahora estar a la altura

BRAULIO GÓMEZ

El president de la Generalitat ha desescalado. Ha cedido. Ha asumido los costes de defraudar las expectativas de buena parte de los independistas. Ha demostrado la valentía necesaria para desactivar la grave tensión social arriesgándose a la aparición de importantes grietas en su heterogénea coalición. Quiere dialogar. Suspende la declaración de la independencia como le pedían los moderados de ambos bandos, que son mayoría. Sería conveniente que el apaciguamiento continuara. Sería conveniente que en los próximos días se aceptara de alguna forma esa mano tendida y no se responda desde el Estado español con más políticas represivas de castigo y se empiece a valorar y respetar a las instituciones catalanas y su legítima aspiración de poder decidir con garantías su relación o su no relación con el Estado español. Que acepte la legitimidad de su interlocutor para comenzar por fin la fase de diálogo.

Para empezar sería bueno reconocer que los nacionalistas catalanes, los independentistas catalanes, no son nazis. Se puede dudar de que sean mayoría, pero no se puede poner en duda su ideario pacífico y cívico que han demostrado en los últimos siete años de movilización continua. Unas movilizaciones que nunca terminaban en una cacería del que pensaba diferente. Este movimiento popular, con algunos componentes de extrema izquierda de la llamada antisistema, no se le puede equiparar al fascismo y a los rituales nazis que sí se han reproducido estos días tanto en Barcelona como en Madrid o Valencia al amparo de las primeras movilizaciones del nacionalismo español. Ahora les toca estar a la altura a los responsables del Estado español. Ahora tocaría abandonar el espíritu bélico y castrense representado en el último mensaje del Rey de España que reforzó y ayudó a aflorar los componentes más vergonzosos del nacionalismo español.

En esta nueva fase, el Gobierno de Mariano Rajoy debería también ser valiente y asumir los costes de que se enfaden los más ultras del nacionalismo español que no verían con buenos ojos cualquier medida encaminada a rebajar la tensión en Cataluña y a facilitar la convivencia entre catalanes. En Cataluña no se comprendería que a pesar de no haber habido una declaración unilateral de independencia se mantuvieran y se pusieran en marcha más medidas excepcionales contra su autogobierno. La pelota está ahora en el tejado del Gobierno español. Si el Gobierno español continúa rechazando cualquier tipo de diálogo o de mediación política para resolver este grave conflicto será casi imposible justificar la unidad unionista en torno a las medidas que adopte sin tener en cuenta este nuevo escenario.

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