Manipulación del lenguaje

El ‘derecho a decidir’ es el derecho a disfrutar de las libertades públicas en el marco constitucional

Antonio Papell
ANTONIO PAPELL

El tinglado ideológico del nacionalismo catalán en pro de la secesión se ha basado en un concepto falaz y atrabiliario: el ‘derecho a decidir’. Obviamente, la expresión es tan positiva y directa que quien niegue ese derecho aparentemente originario y previo a todos los demás pasará inmediatamente a ser considerado un gran reaccionario, un verdadero autócrata, un enemigo de la libertad, un fascista.

La estratagema no es con todo original puesto que fue ensayada a su debido tiempo por el PNV en el ‘Plan Ibarretxe’ con la introducción en el debate del ‘ámbito vasco de decisión’. Con la deslealtad característica del nacionalismo militante, aquel PNV quiso introducir el concepto en la reforma estatutaria sui generis que elaboró el lehendakari con el fin de que, al resultar aprobada, quedase de paso reconocido el derecho de autodeterminación. La jugada quedó como se sabe desactivada con la negativa del Parlamento español en enero de 2005.

El desmontaje de la trampa es, sin embargo, fácil: el derecho a decidir es inherente, qué duda cabe, a la ciudadanía, y de hecho equivale al conjunto de los derechos civiles, reconocidos por la Carta Magna y por todas las constituciones democráticas del mundo. Pero en esta clase de regímenes, ningún derecho individual ni colectivo es ilimitado porque todos lindan con los derechos de los demás. La autodeterminación personal no es absoluta y, por ejemplo, no nos está permitido tomarnos la justicia por nuestra mano: hay cauces para exigirla, para lograr el resarcimiento de las agresiones y los agravios. Y de la misma manera, el ‘derecho a decidir’ colectivamente no puede ser aceptado si no se precisa la necesidad inexorable de las decisiones se adopten en el marco procesal constitucionalmente establecido. El ‘derecho a decidir’ es, en definitiva, el derecho a disfrutar de las libertades públicas en el marco constitucional. Y no otra cosa.

Pero no es esta la única falacia inventada por los nacionalistas en esta especie de ‘neolengua’ orwelliana que se utiliza para enmascarar el engaño: como ha denunciado Miriam Martínez-Bascuñán, el mecanismo para la intoxicación es siempre el mismo: identificar la crítica con un calificativo que estigmatice al emisor. Así por ejemplo, se dice «poner urnas es democrático» y el desacuerdo será tildado inmediatamente de «antidemócrata» y de «reaccionario». De nada sirve recordar que Franco ponía urnas con enfermiza procacidad para elegir a los procuradores de representación familiar y que en el referéndum del 14 de diciembre de 1966, sobre la llamada Ley Orgánica del Estado, consiguió un 95,06% de síes con una participación del 88,8% de los electores. Urnas ha puesto también Maduro para hundir del todo la débil democracia venezolana.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos