Maneras de desahogarse

El hecho de tener la obligación de escribir estas líneas y cumplir con el horario de cierre impide que, por ejemplo, me lance a la calle a quemar contenedores

Jon Rivas
JON RIVAS

En momentos así, agradece uno la confianza que le ha dado EL CORREO para analizar los partidos desde sus páginas. El hecho de tener la obligación de sentarse a escribir estas líneas, y esmerarse en cumplir con el horario de cierre impide que, por ejemplo, me lance a la calle a quemar contenedores después de ver ¿jugar? al Athletic.

Siempre sucede igual: empiezas esperanzado, esta vez sí que van a hacer un buen partido. Pasan los minutos y comienzas a mosquearte un poco, aunque esperas que lo que sucede en el campo sólo se debe al entusiasmo del rival y que con el devenir del partido todo regresará a la normalidad. Hasta que te das cuenta de que esa es la normalidad, es decir, la cruda realidad, y entonces te van abrasando los demonios por dentro, y empiezas a hablarles a gritos a los jugadores a través de la pantalla del televisor, aunque sabes que no te oyen, y que si lo hicieran les daría igual, por lo que se ve. En mi edificio se escucharon imprecaciones en varios pisos, por cierto, y coincidieron con el gol del Formentera.

El cabreo se va acumulando durante 90 minutos y al final uno se da cuenta del civismo de los seguidores del Athletic, que buscan una vía de escape para no lanzarse a la calle a reventar farolas o quemar contenedores. Yo escribo, otros se ponen a hacer la cena, los de los bares discuten en cuadrilla y luego pagan a escote. El dislate provocado por once jugadores y su entrenador se acumula entre pecho y espalda pero no suele tener mayores consecuencias para el mobiliario urbano, afortunadamente.

En Formentera, lo mejor fue la puesta de sol por encima del campo, porque el ocaso rojiblanco no le gustó a ningún seguidor del Athletic. Frente a un equipo de meritorios y mileuristas, que el mejor de la primera parte tenga que ser el portero da bastante que pensar. Fue el único que se ganó el jornal. Los demás, enclaustrados en una propuesta de juego inexistente -y resulta alarmante escuchar a Ziganda decir que no es capaz de contagiar al equipo la alegría del filial-, hicieron el ridículo sobre el césped artificial. Vamos, como hace una semana en Suecia.

Los futbolistas suelen ser seres egoístas. Todos los que jugaron ayer creen que pueden ser titulares; que cuando actúan en un equipo con compañeros pocos habituales, aunque ellos también estén en esa tesitura, son los demás los que hacen bajar el nivel, pero tendrán que pararse a reflexionar en sus respectivas actuaciones. Si Etxeita, Saborit o Lekue creen que estuvieron a la altura, tenemos un problema; si Beñat y Sabin Merino piensan que cumplieron su obligación, apaga y vámonos. Si Vesga opina que vale con sudar a mares y pasar bien sólo los balones hacia atrás, mejor cerrar el chiringuito. Si Sola y Aketxe se conforman con lo que hicieron, estamos apañados. Dejo fuera de la ecuación a Susaeta, desafortunado pero batallador, a Óscar Gil y Muñoz, nuevos en esta plaza, y a Raúl García, que al menos la enchufó en la única ocasión del Athletic en todo el partido frente a un recién ascendido de Tercera.

¿Ven? Me he desahogado. Acabo estas líneas, las envío al periódico y escribir ha sido otra vez como mano de santo. Me voy a la cama sin cenar del disgusto, pero al menos ya no bajo a la calle a quemar contenedores.

Fotos

Vídeos