Macron se la juega, Francia también

Los poderosos sindicatos galos van a oponer una dura resistencia a la reforma laboral que pretende facilitar las nuevas contrataciones

IGNACIO MARCO-GARDOQUI

El presidente Enmanuel Macron ganó las elecciones presidenciales gracias a sus méritos personales -un discurso fresco e ilusionante para un país viejo y anquilosado-, y a los deméritos de sus contrincantes. Un François Fillon sospechoso de usos abusivos de su cargos; un Benoît Hammon irrelevante y sin mensaje; un Jean-Luc Melentchon tan anclado en el pasado como el camarada Krutchev y una Marine Le Pen demasiado ardorosa y agresiva para el ciudadano medio. Pocos meses después, en un más difícil todavía, ganó las elecciones generales con su neonato partido y barrió a los partidos tradicionales.

Todo eso lo hizo con un discurso purificador de las viejas estructuras que han convertido a Francia en un país esclerotizado. Su objetivo principal es acabar con el 'mal francés', dinamizar la economía a través de una reforma profunda del mercado laboral, para lo cual ha retomado uno de sus principios básicos: Si deseamos incentivar la contratación es necesario facilitar previamente el despido. Un mensaje que quizás se entienda mejor en sentido inverso: toda barrera que se levanta para entorpecer el despido se convierte en una barrera que entorpece la contratación.

Es evidente que los empresarios no contratan solo en función de su capacidad para despedir. Los empresarios contratan si tienen trabajo para sus empleados, al haber recibido suficientes pedidos de sus clientes. Pero esto de los pedidos es una materia volátil y cambiante. Hoy los tienes y mañana los pierdes porque la competencia te los arrebata. Por eso, como la coyuntura, los mercados, los clientes y los pedidos no están garantizados en absoluto, resulta muy difícil garantizar la permanencia de los empleos.

Si las trabas para acomodar las plantillas futuras a los pedidos futuros son demasiado elevadas, los empresarios se lo pensarán antes de contratar. El miedo a contratar - que es una realidad tangible-, se disipa con la facilidad del despido y se incrementa con su dificultad. ¿Quiere esto decir que el despido debe ser absolutamente libre y gratuito? Pues no, claro. Hay derechos que proteger y procedimientos que cumplir. Así que todo es cuestión de equilibrio.

El presidente Macron quiere liberalizar el despido porque considera que el empleo del presente está tan excesivamente protegido que atenta contra el empleo del futuro. Esto es una mala noticia para los trabajadores en activo -basta con ver la reacción de los todopoderosos sindicatos franceses-, pero debería ser una buena noticia para quienes buscan un empleo. Macron quiere limitar las indemnizaciones por despido improcedente, liberalizar las condiciones de despido para las multinacionales, agilizar las negociaciones en las pymes, de tal manera que los sindicatos pierdan relevancia en ella y simplificar la negociación dentro de las empresas. No es una revolución, pero si un gran cambio en el severo ambiente francés.

Su popularidad se ha derrumbado desde que llegó al Elíseo. Es lo malo que tiene prometer mucho y desatar ilusiones exageradas. Los problemas son siempre mayores cuando se decide uno a solucionarlos que cuando se limita a plantearlos. Pero se siente con la fuerza política suficiente para seguir adelante con el programa que aprobaron los franceses con tanto entusiasmo. La oposición parlamentaria no conseguirá frenarle, pero sus propuestas incendiarán las calles y, lo que sería peor, bloquearán las empresas. Los sindicatos franceses son muy poderosos y no darán a torcer su brazo con facilidad. Macron se la juega en el envite y, en consecuencia, Francia también.

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